Haciendo juntos la tarea
Por: Dra. Teresita Castillo de Sáenz

El título es muy sugerente. Pareciera referirse al hecho de que los padres debieran estar al pendiente de que sus hijos hagan la tarea escolar, o a los "deberes" como se les llama en algunos países. Pero ciertamente sería muy pobre el ofrecerles ideas sólo para una labor que, siendo importante, es sólo complementaria a la formación del alumno.

En realidad, esta charla se refiere a la gran tarea que hemos aceptado, conscientemente, los padres y los maestros. Los padres la aceptamos implícitamente al aceptar la paternidad, o la maternidad, según el caso. Los maestros la aceptamos, explícitamente, como vocación profesional, y como vocación de vida. Y esta gran tarea, que además compartimos padres, madres y maestros, es la tarea de educar.

De la educación se han ofrecido innumerables definiciones. Pero para el propósito de las reflexiones que hemos de hacer hoy, sólo analizaremos dos. La primera es la de Platón, quien dijo que "Educar es dar al cuerpo y al alma toda la belleza y perfección de que son capaces".

He seleccionado esta definición porque habla del hombre como un ser compuesto de alma y cuerpo, a pesar de que su autor no era miembro de ninguna religión. Esta creencia, en la existencia del alma, obliga al educador a dar a la educación un sentido trascendente. No es lo mismo educar niños y niñas que entrenar animales; digo más, no debería utilizarse el vocablo educar, sino cuando se habla de humanos. Quizá se deba a esta incoherencia a que también se ha demeritado el valor de la educación por una postura materialista, que al pretender que sólo es objeto de la educación lo que se puede medir y tocar, la han equiparado a un mero entrenamiento condicionante.

La segunda definición que quiero ofrecerles no es muy conocida. La seleccioné porque enfatiza la necesidad de que el educando participe en su propia educación. Esta definición sostiene que "la educación es una empresa de dos: es obra del niño al menos tanto como de los padres" (1). Y lo mismo podemos decir de la acción educativa en la escuela. Estas afirmaciones podrán parecer a unos muy obvias y a otros pecar de extremismo, pero de su clara comprensión depende en despertar en el educando el deseo de desarrollarse, de educarse. Porque nada se puede hacer por educar a un niño o a un adolescente si éste no quiere hacerlo. Tenemos que tener en cuenta su voluntad.

Pero no se me malinterprete. No estoy aquí abogando por los métodos "activos" o "personalizados" en extremo, que sostienen que sólo lo que interesa al alumno debe ser objeto de su aprendizaje.

Estoy sosteniendo, por el contrario, que somos nosotros, padres y maestros, los que debemos "hacer nuestra tarea". Y esta tarea consiste, precisamente, en interesar al niño en lo que debe aprehender; mostrarle el bien, como bien; la verdad y el gozo que se experimenta al poseerla; la belleza como algo digno a lo que hay que aspirar. Los niños tienden a apropiarse de esos bienes (bondad, belleza, verdad) si los percibe claramente. Pero ése no es el caso de nuestra sociedad. Nuestros niños viven permanentemente confundidos entre héroes que parecen villanos, particularmente en las caricaturas, adultos que mienten para obtener algo, e imágenes cuya fealdad se ha hecho aparecer como ideal de belleza.

Recordemos, los que tenemos el deber de educar, que es responsabilidad nuestra el hacer que los ideales de bien, bondad, verdad y belleza, vuelvan a ser apetecibles a nuestros hijos y alumnos.

Educar, pues, es llevar el interés del niño a donde el educador sabe que está el bien. Es motivar su interés. Es guiar sus almas. Y una vez motivados, interesados los educandos, la educación se convierte en un trabajo conjunto de padres e hijos, de maestros y alumnos, para dar al niño "no sólo la posibilidad, sino la facilidad de llegar a ser él mismo, de desarrollar todo lo que tiene en sí mismo, como potencia..." (2) para lograr una vida digna y para que pueda luego lograr "el fin sublime para el que fue creado". (3)

Vista de esta manera la educación, la gran tarea que nos ocupa, reviste una gran importancia. De ella, de que se haga bien, depende en gran parte la felicidad del niño en esta y en la otra vida.

Pero la educación también se ocupa no sólo de formar al hombre, o a la mujer en general. También debe buscar formar a "este hombre" o a "esta mujer" en particular.

Esto equivale a decir que no sólo tenemos los educadores el deber de desarrollar las habilidades genéricamente: tenemos que descender al plano personal. Desarrollar en cada uno aquellos conocimientos, aquellas actitudes, aquellos hábitos que lo distingan de sus compañeros, que lo hagan único, irrefutable.

Porque cada niño y niña, cada educando es un ser individual, con tendencias, instintos y pasiones, y también con ideales, con virtudes en potencia y con todo un bagaje espiritual y físico por desarrollar. Atender a estas necesidades es lograr la educación integral que toda escuela que se respete dice ofrecer. Y ¿qué incluye esa educación integral? y ¿qué parte tienen en ella padres y maestros?

En primer lugar el concepto de educación integral se ha sobre simplificado. Se entiende generalmente que hay educación integral si se atiende al aspecto cognoscitivo tanto como al afectivo y al físico. Es decir, si se da educación intelectual, educación artística y educación física.

Todo eso es cierto. Pero falta aún más.

En el aspecto cognoscitivo, es esencial que el niño aprenda a distinguir la ciencia de la pseudo ciencia. Que sepa que debe luchar hasta encontrar la Verdad. El aspecto afectivo no sólo son unas cuantas lecciones de música o pintura. Ni sólo apreciación artística. Debe tener como fin la formación del carácter. Y el aspecto físico no sólo es desarrollo del cuerpo y sus capacidades. Debe también comprender la higiene como prevención no sólo de sus males físicos, sino morales. Y debe llevar al dominio de las pasiones por una verdadera educación de los sentidos.

En resumen, la verdadera educación integral debe iniciarse en el hogar y en la escuela, con el dominio de sí mismo, y pasando por la educación de los sentidos y del espíritu, por el dominio de la voluntad y del corazón, debe fijarse como meta la formación del carácter.

Y también esta formación del carácter es parte de la tarea de padres y maestros. Y para realizarla es esencial que haya acuerdos básicos en los conceptos de disciplina, orden, necesidad de esfuerzo, autoridad, etc. Porque de cada uno de esos conceptos se derivan prácticas en el hogar y en la escuela, que deben, ambas, tener la misma dirección. Y porque la falta de acuerdo entre sus padres y maestros es fácilmente percibida y explotada por los niños. Veamos algunos de esos conceptos básicos...

Notas:

(1) Arte de Artes, p. 30.
(2) Idem, p. 30.
(3) Pío XI, Encíclica.
(4) P 53 de Adea.
(5) Adea.
(6) Adea, 310-11
(7) 84, Adea

Bibliografía:

* El presente es un estracto del artículo publicado en la primera edición de la revista Academia, correspondiente a los meses de febrero - marzo de 1998. El presente trabajo fue presentado por la autora como conferencia dentro del seminario "Mejores niños, mejores hombres", celebrado en la ciudad de Guadalajara, Jalisco, México.

La autora es doctora en educación, directora de la escuela Primaria Particular Antonio Caso y de la Facultad de Educación de la UAG.

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