Tomás de Aquino, modelo de maestro
Por: Dr. Mario Caponnetto
En el mes de enero (exactamente el día 28) se celebra la festividad litúrgica de Santo Tomás de Aquino, el Doctor Angélico, el Doctor Común, el Angel de las Escuelas, tal como se lo ha llamado y se lo sigue llamando a través de los siglos. Figura excepcional de relieves singulares, Tomás de Aquino se presenta ante nuestra mirada como un hombre de múltiples facetas.
En efecto, convergen en él el filósofo de poderosa inteligencia y elevado vuelo, el maestro de la sabiduría humana y divina, el piadoso y humilde fraile, el renovador de la ciencia de su tiempo, el poeta de la Eucaristía, el santo... todo ello unido en una síntesis armoniosa y en la conjunción de una personalidad riquísima vaciada en la reciedumbre de los moldes clásicos embellecidos por la luz del Cristianismo.
Sin embargo, si tuviéramos que privilegiar alguna de estas facetas y elegir, de entre ellas, una que resulte primordial y distintiva -y, en cierto modo, resumen de todas las otras- esa faceta sería, sin lugar a dudas, la de Doctor cristiano. Es aquí, en esta alta misión de Doctor (y de Doctor que enseña en, por y desde la Fe) donde vamos a encontrar la médula misma de una vida y una obra que casi no admite parangón en la historia del pensamiento humano.
Pero, ¿qué es un Doctor? Obviamente es alguien que enseña. Doctor es el docto y bien sabemos que esta palabra procede de una única raíz: docere, esto es, enseñar. Por eso la Doctrina no es sino, a un mismo tiempo, tanto el acto mismo de la enseñanza como el contenido de esta enseñanza. Tomás de Aquino nunca se refirió a su obra de otra manera que como a una doctrina (la sacra doctrina) subrayando, de este modo, que su propósito fundamental no era otro que transmitir una enseñanza, ejercer el oficio nobilísimo del docente, oficio que - como el propio Santo Tomás afirma en su obra Contra errores graecorum- más tiene de cruz y de carga que de honor. Pues enseñar a otro es el más alto modo de la caridad. Se necesita, en efecto, una cuota enorme de amor y de libérrima generosidad para salir de la meditación y de la contemplación propias y volverse hacia los otros: contemplata aliis tradere, transmitir a los otros aquello que se contempla en la soledad del claustro o de la celda, en "el castillo interior" del alma, en la intimidad de esos silencios inefables que configuran la vida de todo auténtico contemplativo. Estamos aquí frente a una admirable economía: de una parte, la contemplación es la más alta actividad a la que puede aspirar el hombre pues se trata de la obra propia de la vida contemplativa que es el más alto modo de vida humana. La enseñanza, por su parte, al igual que la predicación, es obra de la vida práctica o activa, vida desde luego noble pero, de hecho de grado y dignidad menores que la vida contemplativa. No obstante, ambas pueden conjugarse dando paso, de este modo, a un nuevo género de vida que participa de las perfecciones de las otras dos. Este es el modo de vida que Santo Domingo de Guzmán, el Fundador de la Orden de Predicadores, cuyo sayal humilde vistió desde sus tempranos años nuestro Doctor, supo crear e inspirar en su momento para la gloria de la Iglesia. Lo admirable consiste en que la contemplación que se vuelca en la enseñanza no sufre nada ni en su dignidad ni en su integridad sino, por el contrario, se enriquece y se multiplica. Y la enseñanza, a su vez, es elevada a las alturas de la contemplación. Así, por medio de esta inigualada síntesis, ambos géneros de vida se unen y reúnen en la unidad viviente del maestro. Santo Tomás es el modelo de esta forma particular de vida a la que perteneció de pleno y a la que prestigió con su incomparable actividad de sabio, de escritor y de maestro.
Este es, sin duda, el primero de los aspectos que nos interesa destacar si queremos que Tomás de Aquino sea para nosotros no algo lejano e inalcanzable, sino un modelo concreto y próximo de genuino magisterio. Pero el género de vida elegido y vivido por fray Tomás con absoluta fidelidad hasta el fin de su peregrinación terrena no es más que la expresión de otra unidad, también esta admirable, la unidad de razón y fe. Dijimos antes que la faceta distintiva de Tomás es su condición de Doctor cristiano. Pues bien, lo propio de un doctor cristiano es verlo y examinarlo todo a la luz de la Fe. Y esto no significa, como pueda pensarse, ningún desmedro para la razón humana ni el menor riesgo para su libertad ni para su autonomía. El cristiano ama a la razón; y la ama mucho. Obra predilecta de Dios, la razón del hombre es no sólo la cifra de su dignidad eminente de creatura, sino la llave que le permite abrirse a todo lo creado y ascender hasta el propio Creador. El sabio, dice el mismo Santo Tomás, ama a la razón que es entre las cosas humanas aquello que Dios más ama. Pero el cristiano sabe, también, que la razón tiene sus límites y está enferma. Esto quiere decir, sencillamente, que la razón necesita el auxilio de la Gracia. Y el auxilio no puede venir sino del propio Dios. El Verbo que nos ha creado y que nos ha redimido es, además, Verbo que se revela, Logos que habla y que nos invita, con gemidos inefables, a inclinar nuestros oídos a su voz. Así, por vía de la Fe, nos llega el auxilio del Verbo. Nuestro intelecto, movido por la voluntad, presta dócil acatamiento al dato revelado, no por su intrínseca evidencia, sino en obsequio al Testigo. A partir de este acto inicial de acatamiento nuestro intelecto prosigue su propio derrotero, inteligiendo el dato de la fe, desplegándolo y extendiéndolo; porque la fe de la que aquí hablamos es una fe para entender, es una fe que busca a la razón: fides quarens intellectum. De este modo se consuma, también ahora en la unidad viviente del Doctor cristiano, esta hipóstasis de la razón y la fe, estas nupcias de lo humano y lo divino.
Santo Tomás fue artífice del más formidable edificio intelectual levantado sobre la clave de bóveda de esta unidad entre la fe y la razón. En él ambas se dieron existencialmente juntas y no se entenderá adecuadamente el sentido y la originalidad del sistema tomista si no se tiene debidamente en cuenta este dato. Separar una filosofía tomista de una teología tomista podrá ser, en todo caso, una tarea crítica válida. Pero siempre será una inevitable manipulación del pensamiento del Aquinate y correrá el riesgo de hacernos perder la vista que en aquella fuente original y viva de la que él emana, esto es la mente de Santo Tomás, la fe y la razón se dieron indisolublemente unidas y permanecen indisolublemente unidas. De tal manera que todo el sistema tomista reposa sobre tan admirable unidad.
Pero ocurre aún algo más que debe ser puesto de relieve: en el seno de aquella unidad de razón y fe, de teología y de filosofía, sucedió que esta última alcanzó el más pleno y avanzado grado de su desarrollo histórico. En efecto, madura en la matriz nutricia de la revelación, la filosofía, fundamentalmente la Metafísica, conoció el punto de su apogeo histórico. La humana vicisitud en pos del ser con sus momentos de profundo olvido (como tan certeramente lo advirtiera Heidegger) alcanza en Santo Tomás su puerto final. La poderosa visión del esse como acto y como participación en el Esse Ipsum Subsistens, original y propia de Santo Tomás, culmina la epopeya del ser, lleva a su acabamiento siglos de preparación, de lenta maduración, de visiones fragmentarias y de certezas parciales. No importa demasiado que la suerte histórica haya sido adversa a la síntesis tomista. Es cierto que poco a poco de morir Santo Tomás, su doctrina cayó en un cierto olvido y las tesis centrales de su pensamiento sufrieron un lamentable proceso de oscurecimiento. Nada de esto aminora la grandeza del Doctor Común. Hoy, a partir, sobre todo, del gran impulso que significó la Aeterni Patris de León XIII, la renovación y el vigor del tomismo son una feliz realidad. Y en horas de tinieblas para el espíritu humano, son muchos los que en nuestro tiempo, vuelven a fray Tomás, como al faro seguro del seguro puerto. Esta es la clave de su perennidad. Esta es su gloria.
Quiera Dios que su ejemplo ilumine e inspire nuestra tarea cotidiana.
El autor es doctor en medicina, médico cardiólogo, con estudios en filosofía en Cátedra Privada de Filosofía, miembro del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, en Argentina, y profesor adjunto de Etica médica en la Facultad de Medicina de la Universidad del Salvador, Buenos Aires, Argentina.
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Lic. Flavio Mota Enciso, Director DAPA
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