FILOSOFIA... ¡PARA TODO!
Por: Manuel Vargas de la Torre

La formación filosófica, aparte de su utilidad general, es específicamente útil en casi todas las esferas del saber, en actividades concretas como la ciencia, la profesión jurídica, la doctrina política, la teoría y práctica del Estado, la historiografía, la sociología, la crítica literaria y artística, el juicio y en todas las esferas del valor. Se puede afirmar que cualquier ciencia o saber que se refiera a las actividades espirituales, culturales o artísticas del hombre, requiere la indispensable base filosófica. No hay saber de ese tipo que no se funde, en última instancia en un criterio filosófico y en una toma de posición frente al problema de la cultura y la sociedad.

El mundo de las instituciones, normas y creaciones humanas, el derecho, la política, el rito, el arte, la ciencia, no pueden ser comprendidos ni interpretados, sino desde un ángulo filosófico. Y aquel que ignore los principios, la historia y los diversos planteamientos del saber filosófico, se encontrará siempre en desventaja frente a la autoridad y la soltura de quienes conocen suficientemente los fundamentos filosóficos, y son hábiles en el manejo de sus conceptos. Esto vale en cuanta actividad intelectual o espiritual concreta ejerza el hombre en la sociedad, con propósitos profesionales o no, como son: la jurisprudencia, la historia, la crítica, la psicología, la sociología, etc.

Cualquier experiencia que el hombre tenga en el orden espiritual, ético o intelectual, la emoción artística, la acción política, la investigación de la ciencia, en cada una de ellas se enriquecerá de sentido, se hará más profunda y significativa, al incorporarse a una noción filosófica del mundo y de la realidad.

Por eso, la filosofía, lejos de no servir para nada, por lo contrario sirve para todo. El cultivador de la filosofía tendrá, tarde o temprano, ocasión de aplicar el saber adquirido en las circunstancias más inesperadas de su existencia.

Nadie, que pretenda ser culto verdaderamente, puede prescindir de este tipo de saber universal y total. Se trata de un saber que es propio del ser, de su fondo y no de su periferia; de su totalidad y no de una de sus partes. Cualquier saber que no esté fundado ni articulado en el saber filosófico resulta fragmentario y superficial. La personalidad íntegra, armónica y coherente emerge del fondo de un saber estructural, está moldeada y determinada por éste. La cultura -dijo Max Scheler- es una categoría del ser. Se es culto cuando el saber ha penetrado y se ha difundido en la totalidad del ser personal, a lo largo, a lo ancho y a lo hondo, transformándose de un modo de saber en un modo de ser, o sea: en esencia de nuestra personalidad.

Podemos saber muchísimas cosas, sin ser cultos. Pero sólo en cuanto las sabemos filosóficamente, dichos conocimientos se incorporan a nuestro ser, lo impregnan y le imprimen fisonomía y carácter, lo elevan a la condición de jerarquía de personalidad. Y en una época como la actual, en la que tanto se habla de "cultura" y de "personalidad" y en tanto se las exige y reclama, debemos reconocer a la formación filosófica de cada cual, no sólo útil, sino como imprescindible.

Nadie, que pretenda ser culto verdaderamente, puede prescindir de este tipo de saber universal y total

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