Reflexiones sobre educación. Educar para la vida
Por: Ernesto Ávalos López

Si es cierto que educar es poner en práctica una filosofía de la vida (1), como efectivamente lo creemos, es ineludible considerar al fenómeno educativo como una preparación para la vida, y ¿por qué no?, para la muerte.

John D. Redden y Francis A. Ryan, en su obra "Filosofía católica de la educación', nos brindan una definición de educación que nos parece completa: "es la influencia deliberada y sistemática ejercida por la persona madura sobre la inmadura, por medio de la instrucción, la disciplina y el desarrollo armonioso de todas las facultades físicas, sociales, intelectuales, morales, estéticas y morales del ser humano, de acuerdo a la jerarquía esencial de las finismas, por y para la utilidad individual y social y dirigida hacia la unión del educando con su Creador como fin último" (2)

De esta definición nos interesa resaltar particularmente un elemento que desafortunadamente, para muchos educadores y no pocos padres de familia, ha quedado marginado por considerar que no es tarea propia de su quehacer docente, y es el que se refiere al fin último de la educación: "El hombre fue creado para alabar y servir a Dios en este mundo, y de este modo alcanzar como premio la felicidad eterna con Él en el cielo" (1). En educación todas las cosas debieran subordinarse a este último fin, y dirigirse hacia él.

No se trata necesariamente de hacer de la cátedra una permanente lección de catecismo o de apologética, sino de hacer efectiva, sobre todo a través del ejemplo, la transmisión de bienes y valores auténticamente cristianos, de poner en práctica esa filosofía de vida que supera los límites temporales y alcanza dimensiones de trascendencia.

Debemos considerar que no es para las aulas que se educa al individuo, sino para la vida misma. Todos los conocimientos que se brinden, los hábitos y actitudes que se favorezcan a través del proceso educativo, los valores que se ayuden a clarificar en el alumno, no pueden quedar limitados a su paso por las instalaciones escolares, sino que deben ser para que los aplique en su vida diaria.

No sólo se trata de favorecer una forma de pensar, sino que sobre todo se pretende que adquiera una forma de vivir de acuerdo a los más altos ideales.

Por eso es importante la influencia que el profesor pueda llegar a tener sobre el discente en las aulas de clase, ya que ésta puede resultar determinante para el logro de los fines educativos y personales del individuo.

Una verdadera educación (integral) debe comprender necesariamente la suma total de la naturaleza humana. Pero debe interpretarse de manera cabal la naturaleza del hombre, como un ser complejo, compuesto de cuerpo y alma en unión sustancial y dotado de potencias y capacidades.

Al hombre se le debe educar no simplemente para su provecho temporal, por ejemplo para adquirir un título académico o para el adecuado ejercicio profesional, sino que también se le debe poner en el camino para la consecución de su fin último. Una buena parte de los esfuerzos del profesor debieran estar orientados en ese sentido.

En palabras del Papa Pío XII, "lo que caracteriza la verdadera educación, es el mirar constantemente a la formación total del niño y del adolescente para hacer de él un hombre, un ciudadano, un católico equilibrado y completo más bien que un pretencioso erudito atiborrado de conocimientos enciclopédicos dispares y desordenados, desarrollar según una sabia pedagogía la cultura intelectual; utilizar la salud, el vigor del cuerpo y la agilidad de los miembros, logrados con la educación física, en provecho de la vivacidad del espíritu; afinar, por medio de una acertada unión de los sentidos y de la inteligencia en la formación artística, todas las facultades, para dar a su ejercicio la gracia y la amabilidad, y, por consiguiente una eficacia mayor, más extensa y mejor recibida. Todo esto es muy bello y muy bueno; pero no tendría valor eterno ni una plenitud satisfactoria, si la cultura religiosa no viniera, con su amplitud y grandeza, a dar su unidad y su verdadero valor a toda la educación" (4).

NOTAS:

  1. Toda pedagogía se basa en una filosofía de la vida. Toda verdadera pedagogía se basa en la pedagogía total de la vida. La verdadera pedagogía se basa en la verdadera filosofía de la vida. (F de Hovre, "Pedagogos y pedagogía del catolicismo", Ed. Fax, Madrid, 1946).
  2. Redden y Ryan, "Filosofía católica de la educación ", Ed. Morata Madrid, 1967.
  3. Idem.
  4. Citado en "El sistema educativo de Don Bosco en las pedagogías generales y especiales", de Rodolfo Fierro Torres, SDB, SEI, Madrid, 1953.

El autor es licenciado en Derecho por la UAG. Es asesor docente del Departamento de Aprendizaje de la DAPA y editor de la Revista "Academia". Actualmente cursa la Maestría en Educación en la misma Institución.

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