La participación de las universidades en la vida democrática de país
Por: Ernesto del Castillo Calleros

* El presente artículo fue presentado recientemente como conferencia dentro del coloquio "Votar por la Democracia ", celebrado en la ciudad de Guadalajara, Jalisco, el pasado mes de junio.

Nos encontrarnos en un período de innovación y perfeccionamiento democrático en la vida pública y relaciones interpersonales de nuestra sociedad, superando vicios y desviaciones del pasado en nuestro sistema político, y estamos convencidos que esta labor concierne a todos y cada uno de los ciudadanos y todas y cada una de nuestras instituciones y organizaciones sociales.

Se ha insistido, en nuestro juicio correctamente, en que en la educación formal y sistemática debe aspirarse a niveles de excelencia académica y estar al alcance de todos los miembros de nuestro cuerpo social, a fin de lograr un desarrollo económico y social eficaz y permanente que sustente el progreso de nuestra nación en todos los órdenes materiales y espirituales.

La democracia es actualmente no sólo un ideal de vida sino un sistema político que ha demostrado ser el mejor para la convivencia civilizada de las sociedades humanas, pero para realizarse de la mejor manera posible debe formar parte del proceso educativo sistemático, desde los niveles preescolares hasta el de la educación superior.

Como toda obra social, se sustenta, la democracia, en una teoría y se lleva a cabo en una praxis social. Ambas cosas quedan al alcance de la educación pues se necesita una enseñanza de los ideales democráticos integrados en la teoría, para una vez comprendidos, llevarse a la práctica en las relaciones interpersonales e intergrupales en nuestra sociedad.

Se cimienta la democracia en la igualdad esencial o de naturaleza de todos los hombres, en su común origen, en su dignidad de iguales, en su destino último, que hace al hombre aspirar a la felicidad-. Pero la realidad impone comprender la igualdad en la diferencia, si bien somos iguales, en lo anteriormente señalado, y eso fundamenta la igualdad ante la ley, también es verdad que de ahí en adelante todo es diferencia, hasta el grado que no existen dos seres humanos idénticos en grado absoluto.

Por el grado de madurez de los educandos, por las necesidades vitales y existenciales que obligan al hombre a llevar a cabo su proceso educacional, por el mejoramiento intencional o voluntario de las facultades propiamente humanas, que son la inteligencia y la voluntad, en seres humanos conscientes de estas necesidades, es la Universidad donde se puede y debe realizar la educación para la democracia.

Es así imprescindible la colaboración de todas las instituciones de educación superior para que la democracia fundamentada en la libertad, ideal grecolatino y de génesis natural, llegue a ser una realidad en todo tipo de relaciones sociales en nuestra nación.

La filosofía de la educación nos dice que ésta puede definirse como el "mejoramiento intencional o voluntario de las facultades propiamente humanas", como sostiene Víctor García Hoz, sin olvidar la bella definición platónica que nos dice que "educar es dar al cuerpo y al alma toda la perfección y belleza de que sean capaces".

Si las facultades propiamente humanas son la inteligencia y la voluntad éstas son las instancias educables, y de ellas la voluntad del educando constituye la causa eficiente de la educación, para evitar toda sobrevaloración desde el punto de vista metafísico, en la acción del maestro. Sin embargo, la causalidad de maestro, subordinándose a la virtualidad del alumno, opera como agente externo que pone en movimiento las potencias del educando y facilita su perfeccionamiento como estímulo universal de las tareas educativas que ordena los medios exteriores de la educación y elimina los obstáculos que se oponen a la marcha perfectiva del discípulo.

En último término, pudiéramos decir que, teniendo el maestro una cierta causalidad eficiente, es una causa coadyuvante, o si se quiere, una causa eficiente pero de valor secundario, ya que no es causa eficiente perfectiva, por no ser capaz por sí misma de producir educación. La educación se realiza en virtud del ejercicio, del movimiento de las facultades del propio sujeto, y la acción de maestro, si no pudiera poner en movimiento estas facultades sería absolutamente estéril. He aquí pues, que la causalidad del maestro es en última instancia subordinada.

Si bien la educación es un proceso individual tanto en su desarrollo como en su finalidad, porque por una parte se efectúa en el interior del hombre y su finalidad es la perfección del hombre, sin embargo, nos encontrarnos con que la educación necesita rebasar los límites individuales para poder existir.

La relación educando - educador implica la existencia de algo de fuera del que se educa, el educador, que hace eficaz el proceso educativo, y, si añadimos la causa instrumental de la educación, constituida principalmente por la cultura, se alude con ello a una producción espiritual fuera igualmente del individuo.

La cultura y nuestra relación con otros seres exigen al hombre la salida de sí mismo para fecundar las potencias humanas. Las operaciones del entendimiento y la voluntad, el conocimiento y el amor, no pueden encerrarse en los límites del propio individuo, exigen la referencia a un objeto.

Y el objeto, en especial por lo que al amor del hombre existente se refiere, es otro u otros seres espirituales a los cuales nos entregarnos en alguna medida y a los cuales pedimos reciprocidad, con lo cual nos sentimos unidos a ellos. Se busca en los demás el complemento de la indigencia individual, pues aunque el fin de la educación es el bien propio del individuo, tal bien sólo se da en la comunicación.

"La mejor manera de alcanzar su bien los individuos... no es aislarse celosamente en su pequeña esfera de acción, sino el buscar dentro de una sociedad superior la realización de un bien común que en definitiva constituye la mejor salvaguarda de los bienes particulares".

Mas el bien común se apoya en el bien particular, como dice el Águila de Hipona: "La ciudad no es dichosa por una cosa y el hombre por otra, pues la ciudad no es otra cosa que muchos hombres unidos en sociedad para defender mutuamente sus derechos". Así el bien común es exigido por el bien particular, éste a su vez es fundamento de aquél.

Desde la educación del orador en Quintiliano, pasando por la educación de príncipes medievales y renacentistas y por la educación popular en los últimos siglos, ha llegado la preocupación política por la educación hasta nuestros días, en los que todo movimiento político, de cualquier signo que sea, mira a las instituciones educativas como un campo que ha de cuidar con especial esmero. De estas dos relaciones de direcciones opuestas -la educación necesita de la comunidad y la comunidad necesita de la educación- cuelga la situación de la educación subordinada y subordinante, respecto del bien común.

Bienes materiales, bienes espirituales, la alegría de poseer estos bienes, nos dan la pauta de cómo la educación debe preparar a los individuos para lograr dichos bienes en conjunción armoniosa y necesaria con el bien común.

En este contexto, la Universidad cumple con sus fines educativos en una realidad accidental y existencialmente cambiante, pero fijando la permanencia de su esencia, como un hombre que en su existencia individual está sujeto a continua mutación, sin dejar de ser siempre el mismo por su esencia, también la Universidad en su existencia individual concreta es cambiante y distinta de otras Universidades pero como institución universitaria permanece siempre esencialmente la misma a través de todas estas realizaciones o encarnaciones por diferentes que ellas parezcan. De lo contrario, despojada de su esencia y de su consiguiente finalidad propia, habría dejado de ser Universidad.

De la esencia de un ser proceden sus propiedades esenciales. Así de la esencia humana -animal racional- brotan sus notas o propiedades esenciales, tales como su capacidad científica, artística, técnica, su índole moral y religiosa, su actividad jurídica, económica y social, su conciencia y libertad que lo hacen persona.

También de la esencia de la Universidad -órgano superior de investigación y transmisión de la verdad al servicio de la comunidad y como tal órgano superior de cultura en todas sus manifestaciones en cuanto fundadas en la verdad- brotan las notas características de su organización para lograr tal fin, como el ser una comunidad de maestros y alumnos en búsqueda de la verdad, la libertad de cátedra y la autonomía académica y económica para el cumplimiento de sus fines, la participación activa y jerárquica de profesores y estudiantes en la vida universitaria, la extensión cultural en la comunidad y otras notas que le son propias.

Hay actividades como la política de partidos y la economía que no sólo no pertenecen sino que ni siquiera se avienen y hasta atentan contra la vida propia de la Universidad, porque tienden a enturbiar el clima y hasta alejar a profesores y alumnos de su tarea propia, cuando no a deformarla y hasta desplazarla enteramente.

Pero en las actuales circunstancias en nuestro país, de las Universidades deben egresar los que en el futuro tengan en su manos los destinos de la patria, por lo que la enseñanza de la política, como ciencia y arte a la vez, debe ocupar un lugar destacado en los intereses magisteriales y de los educandos, pero como se hace en la Universidad, enseñanza intelectual, teórica, científica y artística, sin compromisos más que con la verdad y el bien.

Sociológicamente comprendemos la necesidad de acudir ante nuestros semejantes para difundir el ideal democrático basado en la igualdad esencial de todos los hombres, mismo origen, mismas cualidades esenciales -zoon politikon y animal racional-, con la misma dignidad y persiguiendo los mismos fines en un destino común. Es decir, enseñar a la comunidad social los valores espirituales de la democracia para que el mexicano de ahora y el del futuro, apreciando la democracia en su profunda realidad sepa llevar adelante los ideales y valores que en ella confluyen.

El autor es egresado de la facultad de Medicina de la UAG. Miembro fundador del Encuentro Universitario. Actualmente es maestro del Instituto de Humanidades. Imparte clases en las facultades de Educación y medicina, así como en la Preparatoria Femenil. Es escritor y editorialista del periódico Ocho Columnas

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