Los dimes y diretes sobre la teoría de la evolución

Por: Oscar Antonio Angulo Favela

Son muchas las personas que consideran a la teoría de la evolución de las especies como una realidad probada, y diversas publicaciones de muy variada índole, refuerzan esta creencia publicando artículos, con cierta frecuencia, donde se presenta a la evolución como un hecho irrefutable. Además, en la mayoría de las escuelas, se trata sobre este tema más o menos bajo el mismo tenor.

Me parece por lo tanto oportuno cuestionar nuevamente a dicha teoría tratando de hacer un planteamiento de fondo, evitando en lo posible, los dimes y diretes acerca de esta cuestión.

En este sentido, el primer punto por dilucidar es el tipo de realidad que le correspondería a la evolución de las especies, si realmente en algún momento se hubiese verificado, o incluso, si todavía las especies siguieran evolucionando hoy en día.

La respuesta es obvia, estaríamos, en todo caso, hablando de una realidad histórica, pues los cambios por los cuales una especie se transforma en otra debieron haberse efectuado a través del tiempo y esto implica que la evolución sólo puede ser entendida como un proceso histórico.

Por lo tanto, si se pretende demostrar científicamente la teoría de la evolución, el único método válido es el uso de pruebas históricas.

Sin embargo, si recurrimos a los datos de la historia humana, es decir, a la información proporcionada por las generaciones pasadas, no existe ninguna evidencia de la evolución, pues las mismas especies conocidas por nuestros antepasados son las que conocemos actualmente, excepto las que han desaparecido.

Todavía en nuestros días siguen desapareciendo algunas especies y muchas otras están en peligro de extinción, pero, en contraparte, no surgen otras nuevas. Solamente se ha podido observar la adaptación de algunas especies a nuevas condiciones ambientales, pero el proceso de adaptación no genera nuevas especies.

Ante esta situación, la teoría de la evolución, tratando de encontrar las pruebas que la avalen, se han remontado a tiempos prehistóricos, cuando el hombre no existía sobre la tierra. Ningún hombre fue, entonces, testigo de este acontecimiento, pues el hombre mismo, según esta teoría, es producto de la evolución.

Si hay la posibilidad de contar con el testimonio de algún observador humano, sólo queda la opción de la paleontología -el testimonio de los fósiles- para probar esta teoría.

Es, por tanto, improcedente querer demostrarla por cualquier otro camino, y todos los esfuerzos realizados utilizando otras disciplinas científicas son, en última instancia, inútiles, como es el caso de la anatomía comparada, según la cual resulta ahora que el hombre no procede del mono, como se había sostenido por tanto tiempo, sino del cerdo, pues existen mayores similitudes anatómicas y fisiológicas entre éste y el hombre que las existentes con el mono.

De la misma manera es inválida cualquier otra prueba aportada por las demás disciplinas dedicadas al estudio de los seres vivos como la embriología, la genética, etcétera, pues cuando mucho podrán demostrar la existencia de asombrosas similitudes anatómicas entre dos o más especies y, entonces, tendrían necesidad de recurrir a un razonamiento como el siguiente: Entre la especie "X" y la especie "Y" existe mucha similitud, por lo tanto, la especie "X" proviene de la evolución de la especie "Y". El anterior razonamiento es, a todas luces, erróneo, pues que dos cosas se parezcan entre sí no implica que una proceda de la otra.

Consecuentemente, no existe la posibilidad, para ninguna otra disciplina fuera de la paleontología, de aportar pruebas válidas para demostrar la verdad de esta teoría, pues, como ya dijimos, sólo pueden llegar a establecer la existencia de algunas similitudes entre distintas especies.

Incluso ni la ingeniería genética podría demostrar nada a favor de la evolución, ni aún en el supuesto caso de que lograra inducir artificialmente la transformación de una especie en otra, pues esto sólo significaría que el hombre puede inducir artificialmente esta transformación, mas no implicaría de ninguna manera que la evolución se haya dado naturalmente. Nadie esperaría que la naturaleza produjera computadoras o automóviles dado que el hombre los puede construir.

Ahora bien, si la paleontología es el único camino posible para demostrar la teoría de la evolución, ¿qué nos dice esta disciplina respecto de dicha teoría?

Primeramente, en el estudio paleontológico se ha encontrado que hace aproximadamente unos 600 millones de años, en la era cámbrica, aparecieron la mayoría de las divisiones básicas de los reinos vegetal y animal. Estas plantas y animales no eran ni primitivos ni generalizados en anatomía, eran organismos complejos que claramente pertenecían a los distintos tipos o grandes grupos de animales y plantas existentes en nuestros días. Sin embargo, antes del cámbrico inferior casi no hay huella de ellos, de manera que la aparición de la flora y la fauna en el cámbrico inferior razonablemente puede considerarse un suceso súbito (1).

Reconocidos paleontólogos aceptan que los esfuerzos realizados tratando de hallar fósiles de animales precámbricos son ya suficientes como para haberlos encontrado, y en gran número, si éstos existieran.

Por otra parte, los fósiles encontrados a partir de la capa cámbrica en adelante, no muestran un cambio gradual entre las distintas especies, tal como lo reconoció el famoso evolucionista Jorge Gaylord Simpson, de la Universidad de Harvard en su libro "The Major Features of Evolution" (Los rasgos principales de la evolución): "Permanece cierto, como lo sabe todo paleontólogo, que la mayoría de las nuevas especies, géneros y familias, y casi todas las categorías sobre el nivel de las familias aparecen en el registro súbitamente y no llevan a ellos secuencias conocidas de transición gradual, en que haya completa continuidad".

Algo similar nos dice A.S. Romer, profesor de zoología de la Universidad de Harvard en su libro "Genetics, Paleontologı and Evolution" (La genética, la paleontología y la evolución): "Los eslabones faltan donde más fervorosamente los deseamos, y no es sino muy probable que los muchos eslabones continúen faltando".

La revista Newsweek del 11 de marzo de 1980, señala también algo semejante: "El gradualismo darwiniano según el cual una especie evolucionaría en otra a lo largo de millones de años, ha sido rechazada por una conferencia de conspicuos evolucionistas reunidos en Chicago debido a la obvia (y molesta) falta de evidencia en el registro fósil" (2).

Se han intentado muchas explicaciones y se pueden intentar muchísimas más para justificar la existencia de fósiles que muestren las distintas etapas evolutivas de las diferentes especies, pero mientras esos fósiles no se encuentren, le teoría de la evolución será sólo una mera especulación sin nada sólido donde fundamentarse.

De todo lo anterior podemos concluir que quienes aceptan a la teoría de la evolución como verdadera, lo hacen mediante un acto de fe, o mejor dicho, por mera credulidad, como una simple creencia, pues científicamente, no existe ninguna demostración de que realmente haya ocurrido.

Curiosamente, algunos evolucionistas consideran más aceptable la fe en la evolución que la fe en el creador, pues "según el Dr. D. N. S. Watson, representante de un importante sector evolucionista: la teoría de la evolución es aceptada universalmente no porque pueda ser probada como verdadera sino porque es la única alternativa a la creación (por Dios), la cual es claramente increíble (3).

 

NOTAS:

1) Cfr. Scientific American. Agosto de 1964.

2) Citado por P- H. RANDLE. "La tierra ¿diosa o creación de Dios?". Corporación de Científicos Católicos, Argentina, 1993. P. 21

3) Cfr. BENEDICTINE FATHERS. "Teilhard de Chardin, false prophet". Citado por P.H. Randle, Op. Cit. p. 21.

El autor es Ingeniero Químico, pasante de la Maestría en Filosofía por la UAG. Actualmente es director de la Sría. Ejecutiva de Planeación y Calidad de la Institución.

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