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El himno majestuoso de las campanasSelección y notas por: José Chávez Chávez
El autor del texto que líneas más adelante ofrecemos, Francisco René de Chateaubriand, fue uno de los monarcas sin corona de su tiempo" y su Genio del Cristianismo (de donde procede la lectura de hoy) constituye "el advenimiento de una nueva apologética basada sobre la idea de la belleza"1. Vivió "en una de las edades más tormentosas de la historia moderna, y lo experimentó todo, en el mal y en el bien, con más victorias que fracasos". Soldado, político, desterrado diplomático, ministro, viajero, sensual, soberbio; pero, por sobre todas sus virtudes y defectos, Chateaubriand fue un inspirado y sincero poeta católico, o mejor dicho: Un católico poeta. "Poquísimos de sus contemporáneos podrían competir con su talla. Tal vez, en el mundo de la poesía sólo Bayron y Goethe, y más tarde Víctor Hugo". Dice Papini que "la importancia de su legado y aportaciones a la cultura occidental trasciende la anécdota biográfica. En primer lugar su descubrimiento o redescubrimiento de la belleza poética como vehículo que lleva a la fe de Cristo". El supo encontrar "una de las formas de la revelación divina: la poesía del Cristianismo". La poesía de su verdad y de su liturgia, de sus tradiciones y de sus iglesias, de sus mártires y de sus santos. "Para llevar de nuevo a los hombres a Jesús y a Pedro no se sirvió de las Sumas2, ni se entregó a la refutación de los iluministas supervivientes, habló y refirió con el amor plástico de los poetas. Todo el Genio del Cristianismo puede compendiarse en unas pocas palabras: el Cristianismo es bello por tanto digno de ser amado, por tanto es verdad . Este método apologético es incierto y peligroso3 porque se apoya en la sensibilidad y en la fantasía que son por esencia mudables, caprichosas, individuales, y Chateubriand es el padre corrompido de ese esteticismo católico que floreció a fines del ochocientos... y que no dio frutos duraderos y sanos. Pero a comienzos de aquel siglo, siglo hostil por la infatuación de los ideólogos, Chateaubriand no podía haber acudido a la teología escolástica, ni tampoco a la filosofía perenne, entonces olvidada cuando no desprestigiada. A una generación obscuramente sedienta de sentimientos le ofreció la sola bebida que podía desalterarla y embriagarla: la divina y eterna poesía. Y no fue el suyo un error fatal, sino feliz expediente para que las almas sensibles y los corazones inquietos volvieran a tomar gusto a los encantos severos y sublimes de la religión".Es cierto que "el Cristianismo debe ser creído por que es verdad, por que la Iglesia es la única maestra y depositaria de la verdad única, pero es también verdad que Dios en su revelación siempre se valió del lenguaje de la poesía (baste pensar en los Salmos y los profetas) y Cristo mismo habló en imágenes y parábolas. Los poetas también son, como decía el viejo Platón, voz, instrumento de la divinidad".
Mi comentario al respecto que en 1948 hacía Papini, tiene igual vigencia en nuestro tiempo: "Hoy más que nunca, cuando muchos pretenden hacer de la religión una política4, habría que reconocer en Chateaubriand a quien ha reivindicado la hermandad existente entre la fe y la belleza. Este hombre, que a veces parece un dandy errante, un Casanova melancólico, un Napoleoncillo de la vendetta legitimista, fue un hombre de corazón más tierno, y por ello secretamente muy desgraciado. Nació a orillas del océano, en Saint-Malo, Francia (1768-1848) y quiso que lo enterraran bajo el arrecife del Grand-Be, en su Bretaña natal, frente al océano. Allí entre las brumas y las furias del Atlántico, descansa el intrépido poeta, del Genio del Cristianismo, su obra cumbre, de la cual tomamos el texto siguiente:"De las Campanas"
Por: Renato Chateaubriand
Hablemos de la campana que nos llama a entrar al templo.
Es cosa que maravilla ver cómo se ha hallado un medio seguro de producir en un mismo instante, merced a un golpe de martillo, un mismo sentimiento en mil corazones diferentes, obligando a los vientos y a las nubes a hacerse intérpretes de los pensamientos humanos. Considerada luego como armonía, la campana es de esa belleza de primera clase que los artistas denominan lo grande. El fragor del trueno es sublime, y lo es tan sólo por su majestad; lo mismo acontece respecto del estrépito de los vientos, de los mares, de los volcanes, de las cataratas y de la voz de todo un pueblo.
Si Pitágoras, prestaba atento oído a los martillazos de un herrero, ¡con cuánto placer hubiera escuchado el sonido de nuestras campanas en la víspera de una solemnidad! El alma puede conmoverse con las consonancias de una lira, pero no se llenará de entusiasmo como cuando el rayo de los combates la despierta o cuando un alegre repique proclama en la región de las nubes los triunfos del Dios de las batallas.
No es éste, sin embargo, el carácter más notable del sonido de las campanas, pues tiene con nosotros mil relaciones secretas. ¡Cuántas veces, en el silencio de la noche, el fúnebre toque de agonía semejante a las lentas pulsaciones de un corazón moribundo, ha sorprendido ha una esposa adúltera que lo escuchaba! ¡Cuántas veces llegaron hasta el ateo, que en su vigilia impía osaba tal vez escribir contra la existencia de Dios! La pluma abandona su mano y cuenta con espanto los golpes de la muerte, que parecen decirle: Por ventura no hay Dios? !Oh! ¡No fue otro el ruido que perturbó el sueño de nuestros tiranos! ¡Admirable es la religión que sólo al golpe de un mágico metal, puede trocar en tormentos los placeres conmover al ateo y hacer caer el puñal de las manos del asesino!.
Aún despierta sentimientos más dulces el sonido de las campanas. Cuando en el tiempo de siega, y al rayar el alba, se oye con el canto de la alondra el grato repique de las campanas de nuestras aldeas nos parece que el ángel de las mieses, para despertar a los trabajadores, suspira en algún instrumento hebreo la historia de Séfora o de Noemí. Tanto esa campana, agitada por los fantasmas en la antigua capilla de la selva, como la que para alejar la tempestad hecha a vuelo en nuestros campos un religioso temor, y la que por la noche se tañe en algunos puertos de mar para dirigir al piloto a través de los escollos, tienen en sus confusos rumores sus encantos y maravillas.
El repique armónico de las campanas en nuestras fiestas parece aumentar la alegría y el regocijo público, expresándose el gozo en una escala de sonidos inmensos, así como por el contrario, en las grandes calamidades, estos mismos ruidos se hacen pavorosos. Todavía se erizan los cabellos a la memoria de aquellos días de incendio y de muerte en que la campana vibraba los lúgubres clamores de alarma. ¿Quién ha olvidado aquellos alaridos, aquellos penetrantes gritos, interrumpidos tal vez por algunos fusilazos, por algunas lamentables y solitarias voces y, sobre todo, por los sordos ecos de la campana de rebato, o por el reloj que marchaba tranquilamente la hora transcurrida?.
En una sociedad bien dirigida, el toque de rebato excita la piedad y el terror y despierta de esta manera las dos fuentes de las grandes emociones trágicas 5.
Estos son los sentimientos que producen las campanas de nuestros templos. Sentimientos tanto más bellos, cuanto que llevan siempre consigo un recuerdo confuso del cielo. Si las campanas se hubieran destinado a cualquier otro monumento que a las iglesias, habrían perdido su simpatía moral con nuestros corazones. Empero, no ha sido así. Dios es quien manda al ángel de las victorias voltear las campanas para que publiquen nuestros triunfos, o al ángel de la muerte para que anuncie la partida del alma que acaba de remontarse a su trono.
Así se comunica una sociedad cristiana con la divinidad por medio de mil voces secretas, y sus instituciones van a confundirse misteriosamente con la fuente de todo misterio.
Dejemos, pues, que las campanas congregen a los fieles, por que la voz del hombre no es bastante para convocar al pie de los altares el arrepentimiento, la inocencia y el infortunio. Entre los salvajes de América, cuando el viajero se presentaba a la puerta de una cabaña un niño le introducía en el hogar de su padre: conveniente sería si se nos prohibiesen las campanas, elegir un niño para que se nos llamase a la casa del Señor 6.
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NOTAS:
1.- Los párrafos entrecomillados proceden del libro "La logia de los bustos", del italiano Giovanni Papini autor de obras tan célebres como "Testigos de la pasión", "San Agustín", "Historia de Cristo", "El ocaso de los filósofos".
2.- Se refiere a la "Suma Teológica", de Santo Tomás de Aquino, la máxima obra de la filosofía católica.
3.- Resaltamos por que la aclaración es muy importante, tanto en advertencia como en el elogio de la obra del poeta francés.
4.- ¿Qué no diría Papini si viera el escandaloso espectáculo que hoy ofrecen muchos clérigos del más bajo al más alto nivel, convertidos en demagogos y agitadores, que se sirven de su sagrado ministerio para sembrar el odio y la impiedad en el pueblo cristiano?. Y con qué dolor no contemplaría Chateubriand la sacrílega profanación y el salvaje saqueo que clérigos han hecho de las obras de arte del Cristianismo: Imágenes de santos, altares, templos completos, ornamentos, cálices, custodias, ceremonias, cantos, y no sólo por su falta de sensibilidad o cultura, sino sobre todo, porque esas obras constituyen un vivo testimonio y un sólido apoyo de la doctrina de Cristo, lo cual parece estorbar los propósitos de "nuevas teologías" que ni son nuevas ni son teología por que son tan viejas y falaces como Luzbel.
5.- En México, una campana, de un templo (el de Dolores), sirvió a un sacerdote, Hidalgo, para sublevar al pueblo contra los gobernantes españoles.
6.- Texto tomado de "Genio del Cristianismo", Editorial Sopena.
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Comentarios y Sugerencias:
Lic. Flavio Mota Enciso, Director DAPA
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