La sociedad moderna necesita especialistas, técnicos y expertos; pero no menos necesita hombres; y sobre todo, necesita que en los mismos individuos se den a la vez la preparación especializada que exige el avance técnico del mundo y la plenitud humana que requiere la permanencia de la civilización. El humanismo sin la técnica diluiría la civilización, y la técnica sin el humanismo acabaría destruyendo la civilización. El mundo no puede volver sobre sus pasos: promover hoy un humanismo destecnificado significaría trabajar para la atrofia del hombre aun en cuanto hombre y configuraría una actitud perezosa y cobarde; pero el mundo tampoco puede borrar sus pasos; la actual tecnificación del mundo no es una condena a la deshumanización, sino un desafío al hombre para que se realice aún más plenamente como hombre, no por la renuncia a la técnica sino por una más vigorosa humanización.
Una universidad moderna, proyectada hacia el futuro, abierta al presente y enraizada en el mejor pasado, no solamente no debe divorciar las formaciones técnica y humana, sino que debe unirlas y entrelazarlas en una mutua relación axiológicamente determinada, a la vez por la filosofía del hombre y por los imperativos del tiempo. Sólo de esta manera podrá una universidad cumplir su función eterna y responder al desafío de la historia.
Pero lo eterno precede a lo histórico y lo humano a lo técnico. Una universidad de hoy, como Universidad de siempre, sin perjuicio de continuar a través de sus facultades y escuelas la tarea formadora de especialistas requeridos por el tiempo, debe consolidar principalmente su misión propiamente universitaria que consiste en formar al hombre, y, fundamentalmente, al hombre medular, que es el hombre de inteligencia universal. He aquí pues, la tarea primaria de la Universidad y su problema esencial como ente educador: formar al universitario.
Para la comprensión de lo cual conviene remontar el pensamiento al origen primero de la educabilidad humana. A diferencia de los espíritus puros y de los cuerpos inertes, el hombre es un ser que reclama educación. En su misma condición humana está la necesidad de cumplir un proceso racional que lo lleve del estado de virtualidad a un estado de plenitud de ser. Este estado de plenitud es la perfección humana, y el proceso es la educación.
Pero el ser del hombre es complejo, y así resulta que la perfección humana es también un ideal múltiple, si bien, como toda multiplicidad, se resuelve en unidad.
La complicación primera que patentiza el complejo humano es que el hombre no es sólo él, sino que en alguna manera es él y también su circunstancia. Por consiguiente hay en el hombre una perfección intrínseca que es la plenitud del ser del hombre mismo, en cuya virtud el hombre es todo lo que debe ser, y una perfección extrínseca, que es la cabal adecuación de la circunstancia a la exigencia intrínseca y en virtud de la cual el hombre tiene todo lo que necesita tener. Por contraste se comprende que un hombre mutilado es intrínsecamente imperfecto, mientras extrínsecamente imperfecto es el que no tiene techo bajo el qué cobijarse o ropas con qué cubrirse.
A su turno, en la unidad de la perfección intrínseca del hombre los dos coelementos básicos de la constitución humana son el espíritu y el cuerpo, y cada uno se orienta a una perfección propia claramente distinguible de la del otro, siendo ambas conjugables en la unidad humana integral; lo que si bien resulta harto difícil como construcción de conducta es como ideal de aspiración más honda y constante de los humanos, según se ve en todas las grandes filosofías.
La perfección del cuerpo, a su vez, se abre en dos planos, el de las formas y el de las funciones, donde la perfección formal es la belleza, que resulta de la proporción de los atributos mensurables, y la perfección funcional es el desenvolvimiento normal de las actividades orgánicas que constituye la salud.
Por su lado, la perfección del espíritu se despliega, también, en dos líneas fundamentales, la moral y la intelectual: la virtud y el saber.
En la concepción humana y religiosa que es típica de Occidente -y que es preciso tener en cuenta como situación de hecho- la perfección moral tiene dos niveles claramente distintos: el natural, que resulta del esfuerzo del hombre, y el sobrenatural, que se presenta como gracia otorgada al hombre por Dios. Desde los griegos. Que propusieron el primer sistema científicamente ordenado de las ideas morales, el cuadro total de las perfecciones éticas naturales del hombre se resuelve en las virtudes llamadas cardinales. Esto es, la justicia en las relaciones humanas, el valor ante la adversidad que se soporta o se vence, y la moderación racional en el uso de las cosas. Por su parte, el sistema moral de origen divino ha sido desarrollado por los doctores de las distintas inspiraciones bíblicas, hasta asentarlo sobre dos grandes virtudes llamadas teologales, la caridad y la esperanza, a las que suelen sumar los denominados dones especiales del Espíritu: la veneración, la fortaleza y la reverencia.
La perfección intelectual se desdobla igualmente en los dos grandes planos propios de nuestra cultura empapada en humanismo occidental y de revelación cristiana, cada uno de los cuales abraza dos áreas específicas: la especulativa y la práctica.
Ya desde la antigüedad, la fe es la virtud sobrenatural por excelencia en el orden del conocimiento, a la que los doctores suman los dones de sabiduría de entendimiento y de ciencia para el conocer puro, y el don de consejo para las funciones prácticas del pensamiento. En el orden natural, la máxima virtud práctica de la inteligencia es la prudencia en la conducta y el arte y las técnicas en el hacer; mientras el saber es su perfección especulativa.
Pero el poder especulativo natural de la inteligencia se proyecta, a su vez, sobre dos ámbitos distintos: el total, según la urgencia nativa con que el hombre aspira a subjetivizar por el conocimiento el todo del ser; y el parcial, por fuerza de la necesidad o el gusto que el hombre siente de captar el detalle y saborearlo. El buceo reflexivo en el ámbito del detalle desemboca en el saber profesional, que es la perfección especial de la razón pura, y la proyección contemplativa de la inteligencia hasta los horizontes del todo concibiendo y alumbrando su perfección general, que es el saber universal.
Finalmente, la inteligencia pura, tanto especial como universal, abraza dos aspectos complementarios; por una parte, el saber como verdad objetiva, captada, pasivamente por la inteligencia más o menos memorizante, donde el acento va sobre el contenido del conocimiento, fijado en la razón como algo postizo e impersonal, despojado de vida y estereotipado en fórmulas, y, por otra, el saber como poder mental para la aprehensión activa de la verdad, donde el acento va sobre el conocimiento del contenido como operación del espíritu para la transformación de la verdad en algo propio y personalizado, viviente con la vida de la inteligencia poseedora.
El saber especial objetivo es el sistema de los contenidos inteligibles propios de cada ciencia, y en él consiste la perfección especial de la inteligencia como almacén de conocimientos; en tanto el saber especial operativo es la aptitud mental propia, que capacita a la razón para adquirir y manejar los conocimientos de esa ciencia, y en ella consiste la perfección especial de la inteligencia como poder de conocimiento.
Por su parte, el saber universal objetivo es el cosmos de la verdad total, y en él consiste la perfección general del intelecto como depósito de ciencia; mientras la sabiduría como fuerza mental es la capacidad para pensarlo todo y como un todo; y ésta es la universalidad intelectual en la que consiste la realización general de la razón como energía.
El hombre ideal, pues, es el hombre sano y proporcionado, virtuoso e inteligente. El hombre integralmente ideal abarca estas cuatro perfecciones fundamentales; pero el hombre básicamente ideal es el hombre inteligente, por cuanto la facultad específica de la condición humana es la inteligencia. La esencia, pues, de la Universidad como educadora del hombre es el cultivo de la inteligencia, y la esencia del universitario es la capacidad intelectual, por la que debe distinguirse como el atleta se distingue por la fuerza y la destreza, y el santo por la virtud.
Habiendo quedado así establecido que la perfección intelectual es la esencia universitaria, intentemos ahora determinar la esencia de la misma perfección intelectual. En orden a lo cual corresponde señalar primeramente cuál de las perfecciones ya mencionadas es la esencia de la perfección del pensamiento, porque sólo una de ellas es la raíz y fundamento de su perfección integral.
Para detectar esta raíz y cimiento, debemos advertir ante todo que siendo la perfección de la inteligencia natural y sobrenatural, la educación universitaria esencial, sin cerrarse a la segunda, debe consistir en la primera.
En efecto, la esencia de la pedagogía universitaria es la formación de la inteligencia en cuanto ésta es determinante de la esencia humana. Mas la inteligencia no determina la condición humana esencial según puede conocer por vía de revelación divina, sino en cuanto es capaz de conocer por su aptitud natural, pues de ser el conocimiento por revelación el determinante humano del hombre, no serían hombres los que no tienen este conocimiento, lo que evidentemente es absurdo. El conocimiento, por revelación, sea fiducial o visiva, perfecciona y culmina el conocimiento natural, pero no es específicamente del hombre.
Pero la perfección natural de la inteligencia a la que se encamina la esencia de la educación universitaria no es la de las funciones prácticas, sólo de las especulativas por cuanto estas últimas constituyen la más elevada excelencia del intelecto. Si bien la capacidad de transformar el mundo y dirigir la conducta por la inteligencia es más que la sola inteligencia del mundo o de la moral, con todo, la capacidad práctica está necesariamente en dependencia del conocer puro, de la manera como la corona supone la cabeza, aunque la cabeza coronada sea más que la sola cabeza.
El hombre puede pensar sin obrar ni hacer, y es hombre; mas no puede obrar o hacer sin pensar, y no reducirse con ello a condición de animal o máquina.
Sin perjuicio, pues, de cultivar subsidiariamente la razón práctica hacia finalidades útiles y morales, la Universidad trabaja esencialmente en educar la inteligencia contemplativa para el pensamiento puro de la verdad.
En otras palabras, la razón práctica se define por la acción, y la especulativa por el pensamiento, pero lo que define al hombre no es la actividad -pues los animales y las máquinas también realizan actividad, sino el pensamiento, puesto que ni animales ni máquinas, aunque actúen inteligentemente, tienen en ellos mismos la facultad de pensar, en tanto el hombre en sí mismo posee la capacidad de pensamiento. Por consecuencia, la perfección esencial, específica y distintiva del hombre no se da en su acción ni en la razón práctica que la determina, sino en el pensamiento puro y en la razón meditativa en que tiene su ámbito y asiento.
Pero la inteligencia pura se mueve en dos campos bien definidos, el global y el particular, en cuanto puede abrirse a la totalidad el saber o ceñirse a un sector especial del mismo.
Ahora bien, es en el campo general donde la inteligencia adquiere la perfección que la Universidad debe darle de manera esencial. En efecto, tanto si se atiende al contenido del saber como si se considera la aptitud para saber, es evidente que el conocimiento del todo es mejor que el de una parte y que para tener capacidad para un saber total es mejor que tener aptitud para un saber especializado. Así, en la guerra, más importa la estrategia del general que la puntería del tirador. No en la especialización, pues, sino en la Universidad del saber radica la esencia de la educación mental.
Sin embargo, el saber universal no es abstracción de todo el conocimiento particular, como tampoco es suma de todos los saberes especializados. No es mera suma de ciencias, porque la perfección esencial de la inteligencia no consiste en el conocimiento de todas las verdades particulares, sino en el de la verdad como un todo, según que la multiplicidad no es inteligible sin la unidad. Ni es abstracción del conocimiento particular sino prioridad de lo general, porque si bien la inteligencia se perfecciona esencialmente en el conocimiento unificante del todo, el conocimiento del todo no es perfecto sin algún conocimiento de sus partes: así sucede que en un principio conocemos el todo de manera confusa sin percepción de las partes ni del núcleo, y éste es un saber universal imperfecto, más al fin conocemos el todo de manera lúcida con clara percepción de las partes y del núcleo, y éste es el universal perfecto que constituye la esencia universitaria.
El saber universal es, pues, un saber filosófico, mas no a la manera restringida y con exceso de técnica en que la filosofía es imaginada por quienes la manejan como una profesión, sino al modo anchuroso y libre como la vieron los enamorados de la sabiduría que hicieron de ella su vocación más alta.
La inteligencia universal no es, entonces, una ciencia enciclopédica ni especializada, sino que es un conocimiento de la verdad a la vez en su esencia y en sus partes, conjugadas en la unidad del todo.
Pero la Universidad especulativa en la que consiste la esencia de la perfección intelectual tiene dos caras, la del conocimiento como contenido y la del conocimiento como función, y es en este último donde reside la esencia del objetivo de una universidad.
Si el hombre naciera perfecto y cabal en sus funciones, su inteligencia sería nativamente perfecta y cabal, y la enseñanza no comportaría educación de la facultad de conocer sino únicamente instrucción, en orden a la adquisición de conocimientos por vía de una facultad naturalmente perfecta en su capacidad específica.
Pero el hombre no nace perfecto y cabal en sus potencias; como el artista debe afinar su instrumento y el artesano ajustar su herramienta, así el intelectual necesita educar su mente para el trabajo a que está destinada a fin de aplicarlo al mismo con éxito, y así la inteligencia necesita no sólo informarse sino también formarse.
Ahora bien, como el agua vertida en un vaso sucio se enturbia y no sirve ya para beber, o como un mismo alimento robustece en unos la salud y provoca en otros enfermedad, así una misma verdad objetiva resulta ininteligible para unos, apenas memorizable para otros, es para otros claramente comprensible y para otros, en fin, se convierte en trampolín hacia verdades nuevas; así, los espíritus estrechos empequeñecen las grandes verdades y las verdades pequeñas se agigantan en los espíritus grandes, mientras las mentes luminosas sacan frutos aún del error y los entendimientos oscuros se desnutren aún con la verdad.
Por consiguiente, si bien la perfección completa de la inteligencia se alcanza con la posesión de la verdad, su perfección radical reside en la capacidad para poseerla. Porque un entendimiento ignorante es sólo un entendimiento vacío; pero un entendimiento incapaz de entender, ni entendimiento es.
En la historia del pensamiento filosófico de Grecia, el ciclo del apogeo se cierra con Aristóteles, maestro de los que saben -como diría Dante- pero se abre con Sócrates, educador de los que comienzan, la Universidad es educadora de juventudes, no de hombres hechos, por lo cual su tarea esencial debe ser más la formación del pensamiento que la transmisión de la ciencia, teniendo presente que tras la labranza socrática el saber heleno fructificó en las abundancias aristotélicas, pero después de Aristóteles el espíritu griego cayó en milenaria esterilidad, de la que aún no se ha curado.
En la capacidad de saber, pues, como aptitud operativa de la inteligencia, más que en la posesión del saber mismo como adquisición acumulativa de la razón, reside la perfección esencial primera del entendimiento humano, y por tanto, la finalidad medular de la educación universitaria.
Y esto no sólo en la universidad como Universidad, sino también en cada una de las especialidades propias de las diversas facultades y escuelas, pues mientras en aquella prioridad universitaria corresponde a los hábitos universales del pensamiento, en las facultades la primacía corresponde a los hábitos específicos del modo propio de conocer y pensar de cada ciencia.
Así, en la enseñanza de la política, el primado corresponde a la formación del sentido político más que a los conocimientos de política, y en la enseñanza de la música, el primado corresponde al sentido musical más que a los conocimientos de música.
Advirtamos, por fin, que esta prioridad de la formación sobre la adquisición es ontológica, pero no cronológica, pues si bien es cierto que la adquisición de saber depende de la capacidad para pensar, no lo es menos que al mismo tiempo adquirimos conocimientos y aplicamos a aquellos la inteligencia, con lo que se informa y se forma a la vez el entendimiento.
Precisamente a la Universidad toca sistematizar esta identidad cronológica en beneficio de la prioridad ontológica, descubriendo cuáles son las materias de estudio más aptas y los ejercicios mentales más efectivos para que, aplicándose a aquellas, la inteligencia alcance por efectos, la universalidad funcional en que esencialmente consiste su perfección básica.
Hemos visto hasta aquí que la perfección humana integral abarca la salud y belleza del cuerpo, y la virtud y la inteligencia del espíritu; que la perfección humana esencial reside en la perfección intelectual, y que la esencia de la perfección intelectual es la capacidad universal del pensamiento: queda, pues, claro, que siendo la perfección humana el fin de la educación, y siendo la universidad una institución educativa, la esencia de la tarea universitaria es formar la inteligencia universal. Nos resta ahora determinar los constitutivos intrínsecos de la universalidad intelectual.
Y son cuatro: la aptitud universal para la verdad según la extensión del campo abarcado por el conocimiento, que llamaremos universalidad extensional; la aptitud universal para la verdad según la intensidad de penetración del conocimiento, que llamaremos universalidad intensiva; la aptitud universal para la verdad según el plano de abstracción del pensamiento, que llamaremos universalidad abstractiva; y la aptitud universal para la verdad según el modo de conocer, que llamaremos universalidad moral.
A. La universalidad extensional, a su vez, comprende tres hábitos fundamentales: el sentido panorámico, que es disposición de la mente para abordar su objeto con perspectiva global, el sentido analítico, que es aptitud de la mente para detenerse en la observación de las partes; y el sentido esencial, que es capacidad para indagar lo medular y lo común.
Todos conocemos la figura clásica del cedro en medio del campo: grandes raíces, grueso tronco, ancha ramazón y tupido follaje, sobre la delgada línea del horizonte bajo el azul del cielo, he aquí la visión panorámica.
Pero también podemos demorarnos en la observación minuciosa de alguna o de cada una de las partes, y detenernos a contar el número de las ramas, a observar el matiz propio del color de las hojas, la forma de su estructura, o los nombres amorosamente grabados sobre su corteza. Esto es el sentido analítico.
Después podemos abocarnos a la búsqueda de la esencia vital de la planta, hasta descubrir la savia, he aquí el sentido esencial.
Por fin, volvemos sobre nuestros pasos y contemplamos de nuevo el conjunto, pero no ya, como un algo difuso sino como un todo lúcido y orgánico, con clara percepción de partes y esencia en la unidad sintética del todo, y en esto consiste formalmente la universalidad extensional de la inteligencia.
La historia del pensamiento humano nos ofrece magníficos ejemplos de estas tres virtudes intelectuales. Del sentido panorámico es uno de los más elevados la síntesis que del dogma cristiano hace San Juan en el comienzo de su Evangelio, al que la liturgia católica, por muchos siglos consagró como breviario final del rito de la misa.
Carecen, en cambio, de estas aptitudes, las mentes angostas, que se apasionan por el detalle y desconocen el conjunto; los entendimientos difusos, que tienen siempre una idea general y vaga de todo, pero son incapaces de detenerse en el detalle; las inteligencias superficiales, que carecen del sentido de lo sustancial y se quedan en la piel de las ideas.
La Universidad debe combatir la estrechez del especialismo, la dispersión del enciclopedismo y la superficialidad del diletantismo formando en el estudiante y conjugadamente el sentido del conjunto, del detalle y de la esencia.
B. Universalidad Intesiva.
La universalidad intesiva comprende, también, tres aptitudes básicas: memoria, entendimiento y genio creador. Memoria es aquí la capacidad de acopiar conocimientos según las formulaciones externas que les da la ciencia, de suerte que permanecen ajenos y postizos; entendimiento es capacidad de penetrar íntimamente en su inteligibildad interior, transformándolos en la sustancia intelectual del que los recibe y otorgándoles sus características personales; y genio es capacidad de ir más allá de la forma exterior y de la sustancia interior para alcanzar verdades ulteriores, nuevas y originales.
Para hacernos una idea concreta de estos tres grados intensivos de universalidad mental, permitámonos la siguiente ficción. Estamos al fin de un examen de filosofía, y entre los componentes de la mesa y el alumno se entabla este diálogo:
- Cíteme una definición del hombre, la más común - dice el presidente de la mesa-.
- Animal racional- contesta el alumno.
- Muy bien - asiente el presidente. Puede retirarse.
- Un momento, por favor - dice el primer vocal, - quisiera que me explique, antes de que se vaya, qué entiende usted por animal racional.
- Animal inteligente, que piensa - responde el examinado.
- Muy bien - dice el profesor - pero explíqueme qué es pensar para usted.
Y el estudiante, haciendo una pausa, dice:
- Yo entiendo que pensar es lo que estoy haciendo ahora.
- ¿Y qué es lo que está usted haciendo?
- Estoy tratando de superar y trascender el dibujo y el sonido de la palabra racional, de la palabra inteligente, de la palabra pensar; estoy tratando de penetrar en el interior de ese dibujo que veo y de ese sonido que oigo, en un interior que ni veo con mis ojos ni oigo con mi oído, pero que puedo descubrir y captar con otro poder que hay en mi, y este poder es la razón, la inteligencia, el pensamiento. Eso entonces es ser un animal racional; ser capaz de conocer algo más que lo visible o lo audible, ser capaz de adueñarse del ser no sensible de las cosas.
- Está bien - dice el profesor - puede retirarse.
Mas cuando el joven ya se levanta para marcharse, el segundo vocal interviene:
- Por favor, un momento más. Usted ha recordado bien y ha explicado mejor. Querría ahora darme el placer de decirme qué le dice a usted esto de que el hombre es un animal racional; quiero decir, aparte de recordarlo y explicarlo ¿qué más ve usted?
El estudiante mira largamente al profesor, le pide tiempo para pensar, ya al cabo de unos minutos dice:
- Yo creo que esta capacidad intelectiva es lo más grande y precioso que poseemos. Esa pequeña palabra de ocho letras significa que un universo entero puede ser nuestro por medio del conocimiento, que podemos explorarlo sin límite con sólo el poder de nuestros cálculos científicos y nuestras invenciones técnicas , que podemos utilizar sus estructuras y sus fuerzas, que podemos incluso transformarlo, porque su inconmesurable mole física supera nuestros sentidos pero se somete a nuestra inteligencia, más aún, la razón no sólo da al hombre poder sobre el mundo cósmico en el que físicamente no es más que un punto imperceptible, la inteligencia hace también del hombre una imagen viviente de Dios, suprema inteligencia ante cuya deslumbrante obra creadora se inclinan maravilladas las inteligencias de los sabios tanto de los que se internan en la intimidad del átomo cuanto de los que asoman al misterio de las galaxias.
- Está bien, dijeron los profesores - ahora, puede retirarse.
Y efectivamente podía retirarse, porque el examinado había dado prueba de verdadera universalidad intensiva de memoria ante el presidente, de entendimiento ante el primer vocal, y de genio creativo ante el segundo.
También aquí la historia del pensamiento nos brinda buenos ejemplos de estas tres cualidades de la mente, y por lo que hace a la memoria como capacidad acopiadora de saber ningún ejemplo mejor que el de Aristóteles. Aristóteles es el hombre de más vastos conocimientos de toda la antigüedad occidental. Una sola lectura, aun superficial de sus escritos, es suficiente para asombrar al menos dispuesto, por el mero cúmulo de saber que encierra. Sus obras constituyen una verdadera enciclopedia no sólo de su tiempo, sino de los tiempos que le sucedieron; durante casi veinte siglos las culturas pagana, cristiana y árabe, se criaron a los pechos de la ciencia aristotélica y crecieron nutridas con ella. Y todo aquel saber fue posesión de un solo hombre, dotado de una memoria prodigiosa.
De claro entendimiento son ejemplo todos los grandes comentadores, cuyo estudio ha iluminado las obras maestras del pensamiento.
Y de genio creativo en el campo científico no será fácil hallar ejemplos mejores que los de los hombres que en los últimos cuatro siglos han cambiado radicalmente la imagen física del mundo y el universo: Nicolás Copérnico, que en el siglo XV invierte diametralmente la visión geocéntrica del mundo inaugurando la era heliocéntrista.
Carecen, en cambio, de universidad intensiva quienes no tienen memoria y no saben retener; quienes tal vez repiten a la letra lo que leen u oyen, mas sin poder explicarlo, porque su mente queda en la superficie de las palabras sin entender su significación interna; y quienes, aun entendiendo, no saben trascender el marco explicativo y desconocen el ancho cielo de la creación. Los primeros suelen ser tenidos por buenos alumnos; los segundos son buenos profesores, pero sólo los últimos son auténticos maestro.
En consonancia, la Universidad debe combatir la memoria perezosa, lo mismo que el puro memorismo y la esterilidad intelectual, y debe poner al estudiante en situación de formarse estas tres intensidades del saber universal: la memoria, para que contribuya a la conservación del patrimonio cultural de la humanidad; el entendimiento, para que lo mantengan vivo; y el genio creador, para que lo acreciente.
Porque el solo saber acumulado es un saber muerto, carente de la vida con que nació en la inteligencia primera que supo descubrirlo, y librado a sí mismo y solo, momifica la cultura. El saber interpretativo no la atrasa, pero tampoco la adelanta, simplemente la estanca, porque aunque mantiene los viejos conocimientos, no conquista otros nuevos.
Unicamente el saber creador significa progreso, porque solamente él añade nuevas verdades al tesoro de las ya conocidas, sin olvidar que no hay progreso verdadero sin tradición.
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Comentarios y Sugerencias:
Lic. Flavio Mota Enciso, Director DAPA
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