Fortalecer la enseñanza
de valores
Por Ernesto Ávalos López


Vivimos en una sociedad que se ve convulsionada por acontecimientos que tras una seria reflexión no pueden sino despertar una honda preocupación... Día a día nos damos cuenta de casos que -al margen del sensacionalismo con que muchas veces son abordados por los medios masivos de comunicación-, nos presentan una sociedad desgastada en sus más profundas raíces; una sociedad que manifiesta un casi total desprendimiento de los más elevados valores; una sociedad que parece contentarse con vivir hedonísticamente, con la única preocupación de satisfacer sus necesidades inmediatas.

Ante esta evidente situación han sido muchas las voces que se han levantado en la sociedad para que se brinde una adecuada atención a esta ya crítica situación. Las mismas autoridades civiles y educativas, en los diferentes niveles de gobierno, han reconocido el problema y se han tomado algunas medidas para favorecer la enseñanza de valores en las instituciones educativas.

Tal vez ahora como nunca se necesita que los padres de familia, las instituciones educativas, las autoridades y todos quienes de alguna manera estamos involucrados en el proceso educativo, hagamos un alto en el camino y replanteemos seriamente el papel que a cada quien nos corresponde.

Nuestra institución, desde hace ya muchos años, consciente de esta problemática, ha emprendido diversos programas y proyectos educativos tendientes a atenderla de manera adecuada, los cuales seguramente han tenido impacto no solo a nivel institucional sino social.

Pero, para el éxito en la labor formativa, no bastan algunos programas o materias insertas en las currícula. Para la formación integral de los educandos se requiere que todos los involucrados en el proceso enseñanza - aprendizaje aporten su granito de arena, su esfuerzo, para incorporar en el alumno no sólo contenidos o habilidades científicas, sino desarrollar actitudes y valores de acuerdo a su jerarquía esencial, esto es, dándoles a cada cual el sitio que le corresponde, sin vacila-ciones ni componendas.

Ciertamente que esta es una de las tareas más difíciles de llevar a cabo, pero también es de las más importantes que tiene frente a sí el docente.

¿Qué puedo hacer, se preguntará alguien, para que este ideal educativo se vea felizmente logrado? Algunas de las cosas que podemos y debemos hacer para lograrlo son:

 

I. Enseñar con el ejemplo. Un buen punto de partida es, indudablemente, la personalidad misma del docente, el cual debe ser un ejemplo viviente de lo que se pretende lograr en el alumno. Esto implica que la personalidad del profesor debe ser atractiva, cautivadora y congruente. Pero el atractivo debe considerarse en el sentido no necesariamente del aspecto físico, sino de la integridad moral del profesor, por su valía de hombre (o mujer) íntegro(a). El profesor debe pensar que el alumno espera de él no sólo una bella manera de hablar, sino una bella manera de vivir, que lo haga merecedor al crédito por parte de sus discípulos.

 

II. Hacer evidente la necesidad de formar el carácter. El carácter, dicen Redden y Ryan, en su "Filosofía católica de la educación", es "el control y la regulación deliberada de la conducta del individuo por el reconocimiento y la adquisición de principios morales inmutables que están estrictamente ejemplificados en la conducta y conscientemente aplicados en todos los aspectos de las experiencias de la vida" (p. 229), esto quiere decir que el ser humano debe formar su carácter, pero no todos los alumnos lo entienden así, de ahí que sea necesario que el profesor se los haga ver, de una manera clara y sencilla, proponiéndoles un camino accesible para lograrlo, pero sin evadir el señalarles que implica mucho esfuerzo. Es importante plantearlo como un reto personal para el alumno.

La labor del maestro en esta ‘arquitectura del carácter’ consiste en nutrir todas las capacidades del alumno, utilizando todas aquellas influencias favorables que disciplinen la voluntad debilitada y extirpando todas aquellas influencias indeseables que la arrastran.

 

III. No sólo con palabras, también con emociones. Para lograr que el alumno (sobre todo el que está atravesando por la adolescencia) acepte y quiera vivir conforme a los auténticos valores que se le proponen no tienen tanto impacto las palabras ni muchas explicaciones, sino más bien despertar en él emociones, sentimientos.

Lo anterior no quiere decir que se debe despertar cualquier tipo de emociones o sentimientos, sino sólo aquellos que por su valor educativo y trascendencia nos ayuden a dejar una huella en el alma del educando y que por supuesto apunten hacia su propia perfección. Tampoco quiere decir que el contenido teórico no se debe aportar, pues este debe ser la base sobre la cual descanse todo el andamiaje educativo, simplemente quiere decir que se debe realizar como un medio para el logro de los objetivos educacionales. Para que se logre el aprecio y comprensión del mensaje, es importante buscar que el alumno se identifique con él, conjugando lo emocional con lo racional, brindándole los suficientes elementos para que asuma una actitud responsable ante el mismo.

 

IV. Fomentar los ideales valiosos. Algo que desafortunadamente se ha descuidado mucho, y que sin embargo ejerce un poderoso influjo entre la juventud es la promoción de altos ideales en la vida. Se ha de procurar fomentar en el alumno los ideales, en base al enamoramiento de ellos para que desee de verdad lograrlos. Para lo anterior habrán de presentarse modelos reales y que puedan ser alcanzados, alentando al alumno a que se esfuerce para emularlos; también se habrá de tener cuidado en vincular los contenidos de las diferentes asignaturas con la vida del alumno, para que éste los aprecie como una necesidad vital y no como una simple especulación teórica.

 

V. Formación de hábitos. Los hábitos sólo se adquieren a través del ejercicio constante, de ahí que el profesor deba aprovechar todas las oportunidades que se le presenten para desarrollarlos en sus alumnos. La formación de hábitos se logrará en la medida que se provoquen repeticiones conscientes e inteligentes, acompañadas por un conocimiento de causa. Mejores resultados se obtendrán en la medida en que el profesor sea capaz de motivar al alumno a su adquisición

Como podrá comprenderse, los hábitos que se pretende sean desarrollados en el alumno son aquellos que lo ayuden a perfeccionarse, como persona y como profesionista, que lo conduzcan a la conquista del orden debido, y, por otra parte, aquellos hábitos que eviten la adopción de conductas indeseables, tales como los vicios.

Por último, es conveniente señalar que estas cosas se pueden y deben realizar en todo tipo de asignaturas, ninguna disciplina o área del quehacer humano queda al margen. Esta es una tarea que todos debemos emprender, ¡pero ya.!

 

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