Tecnología
y educación
Por Ernesto Ávalos López
Desde
hace un buen tiempo, uno de los temas prioritarios en la agenda de numerosas
Instituciones de Educación Superior es la oportunidad
que la tecnología
--sobre todo los medios informáticos-- ofrece a la educación. Las
instituciones educativas desarrollan múltiples estrategias y hacen
cuantiosas inversiones para poner al alcance de sus comunidades académicas
equipos, sistemas, programas, etc., con el ánimo de ofrecer sus servicios como
una “educación de punta”.
Pero,
desafortunadamente, muchas instituciones no han sabido, o no han querido,
reconocer que, junto a las valiosas oportunidades que esta época tecnológica
nos ofrece, también se nos presentan serios peligros
que se deben tomar en cuenta. Muchos han caído en la trampa de endiosar
la tecnología, de ponerla como centro de todo el fenómeno educativo.
Es
cierto que el crecimiento de la investigación científica y tecnológica en la
última centuria resultó espectacular. En algunas sociedades más que en otras,
en algunos lugares más lentamente que en otros, pero prácticamente todo el
mundo ha sido modificado en buena medida debido a esos vertiginosos cambios.
Seguramente
muchos todavía recuerdan como en la década de los 60 despegó la industria de
los medios masivos de comunicación, y alcanzó una gran influencia social,
apoyada principalmente en la radio y la televisión. Pronto esa capacidad de
influencia sobre millones de personas generaría cambios en las costumbres
sociales, en la forma de hacer política, en la economía, la mercadotecnia, la
información, y, por supuesto, también en la educación.
Ahora
esos cambios parecieran insignificantes, ya que estamos inmersos en una era con
gran facilidad de acceso a la información.
Vivimos
una época en que la interactividad, la rapidez de cálculo y de procesamiento,
la integración del texto, imagen, sonido y animación (entre otras tantas cosas
que nos ofrecen la llamada supercarretara de la información y la poderosa
industria de las comunicaciones) están a
nuestra disposición, sin necesidad de salir siquiera de nuestra casa.
Y
sin embargo, como dice Antonio Caponnetto, en su Pedagogía
y Educación “nunca como en estos días de liberación el hombre es más
esclavo, dependiente y subordinado de los instrumentos. Nunca como en estos días
de las comunicaciones electrónicas sin fronteras ha estado más desarraigado y
solo...” (p. 231)
Y
es que el precio que la modernidad ha puesto para su disfrute ha sido muy
elevado. El hombre está a punto de sucumbir, y muchos ya lo han hecho, ante la
técnica; el hombre se ha deshumanizado, convirtiéndose en una pieza más, tal
vez en un chip, que puede ser fácilmente desechado.
Por
supuesto que todo esto ha tenido y tiene su impacto en la educación, de hecho,
difícilmente puede concebirse el mundo de la educación desvinculado de las
posibilidades que ofrece la tecnología. En gran medida, parece que la “marea
tecnocrática” ha invadido la escuela. Máquinas de enseñar, sistema de
instrucción por computadora, tecnologías de enseñanza, etcétera, son solo
una muestra de esto que afirmamos.
Ya
en el año de 1973, cuando muchos no se imaginaban lo que habría de venir o que
lo veían como producto de una mente calenturienta o fantasiosa, la relación
entre tecnología y educación era vista con cierta reserva, pero también, de
alguna manera, con ojos de esperanza: “Como la era tecnológica que vivimos,
nuestro momento educativo, conlleva incontables beneficios, pero también
diversos y muy claros peligros. Algunos de ellos son el carácter alucinante y
la tendencia a la aplicación exagerada e impaciente de conceptos cuya eficacia
aún no ha sido comprobada. También existe el peligro de confundir medios con
fines, especialmente cuando los medios llegan a ser tan poderosos. Algunos,
entusiasmados con la nueva tecnología, tienden a pensar que por estar usando métodos
más refinados e instrumentos más potentes, pueden, con ellos solos, resolver
el problema educativo. Por otra parte, es igualmente peligroso subestimar la
fuerza de una nueva tecnología y perder la oportunidad de usar sistemas de enseñanza
que multiplican la acción educadora y aumentan su calidad”. (Docencia,
editorial, p. 1, agosto de 1973, No. 1).
Es
evidente que esto tiene su actualidad. Es cierto que la tecnología no es ni
buena ni mala en sí misma, lo bueno o malo es el uso que de ella hace el
hombre. Es cierto que no debemos desaprovechar las bondades que nos ofrece, pero
tampoco las debemos divinizar, como si de ellas pendiera en definitiva todo el
quehacer educativo.
Estamos
convencidos que debe hacerse un esfuerzo para combinar la tecnología y la
educación; pero en donde la primera esté subordinada a la segunda, en donde la
tecnología ocupe el lugar que como medio o recurso educativo le corresponde.
Debe ser una relación que sirva no sólo para mejorar el rendimiento o la
consecución de logros con un menor costo de tiempo y esfuerzo, sino una relación
que aporte cambios o mejoras valorables en términos cualitativos.
Efectivamente,
los medios tecnológicos son recursos que pueden mejorar la enseñanza y
facilitar el aprendizaje. Pero son eso, recursos, de ninguna manera se puede
aceptar que sean el fin de la educación, ni siquiera que sean el único recurso
del cual se puede valer el educador. Tampoco podemos aceptar que los medios
tecnológicos vengan a hacer el papel de sustitutos, pues nunca podrá
cancelarse la necesidad del docente dispuesto a transmitir no solo los
conocimientos o técnicas de una disciplina específica, sino todo un bagaje de
riqueza cultural y profesional, que hace al profesionista ser más humano.
En
este orden de ideas, resulta fundamental que las instituciones educativas
desarrollen en sus alumnos una capacidad de criterio que les permita discernir y
valorar la información que reciben así como las ventajas y límites que poseen
los mismos medios. Recuérdese que el fin central de la educación es y seguirá
siendo la formación de la personalidad humana.![]()
Comentarios y Sugerencias:
Lic. Flavio Mota Enciso, Director DAPA
fmota@uagunix.gdl.uag.mx