La felicidad humana

Por: Héctor Gómez González


Uno de los problemas fundamentales del orden ético es, sin duda alguna, el problema de la felicidad.
Ya en el principio de los estudios filosóficos, en el Oriente pagano, este problema atrajo la atención de los filósofos, los cuales, por su espíritu reflexivo y observador, advirtieron muy pronto esa ansia insaciable de felicidad que atormenta a todos los hombres desde que nacemos a la vida racional hasta que exhalamos el último y postrer aliento de nuestra vida.

A partir de Sócrates, la cuestión sobre el bien supremo o felicidad perfecta del hombre ha sido básica en las doctrinas de la mayoría de los filósofos, constituyéndose como centro de sus sistemas de Ética o Filosofía Moral.

La solución que se dé a la misma, prejuzga la de la mayoría de las cuestiones que se agitan dentro de la ciencia ética; por eso no pocos filósofos han reducido sus especulaciones en el campo de la Ética a resolver tan solo la cuestión del bien supremo del hombre.

Esta idea de la felicidad perfecta del hombre, que la Divina Revelación había de perfeccionar hasta convertirla y transformarla en el dogma de la visión beatífica, fue ya considerada por la sabiduría antigua, aun antes de ser iluminada por la antorcha de la fe, como el verdadero principio del orden moral.

Todo hombre que reflexione seriamente sobre sí mismo y sobre su propia vida, se ocupará del mismo tema. Es la cuestión que más directamente nos afecta; ninguna otra puede, como ella, atormentarnos o elevarnos, sumirnos en la desesperación o elevarnos a las alturas más sublimes. Con razón constituye el punto terminal y la cumbre de toda la filosofía y de toda la vida.
Y la contestación a esta inmensa y eterna cuestión es la que decide acerca del valor o la inutilidad, tanto de un sistema filosófico como de la vida humana.

TENDENCIA DEL HOMBRE 
A LA FELICIDAD

¿Y de dónde nos viene esa propensión que sentimos a la felicidad? ¿Cuál es la fuente de donde mana esta vehemente inclinación que siente nuestra voluntad, y a la cual, según sea dirigida, es el encanto o el tormento de nuestra vida?

a) No depende de las diferencias individuales
Es esta una propensión independiente de las diferencias individuales y accidentales de los hombres. No depende de la diversidad de las edades, de los caracteres, de la educación, de la posición social, del grado de instrucción ni de la variedad de otras circunstancias personales. El ansia de ser feliz existe tanto en el anciano decrépito como en el joven vigoroso; no menos en el rústico, que en el educado que, con una educación esmerada, ha aprendido a moderar los arranques impetuosos de su corazón. Esa ansia de felicidad no escapa al pobre, sencillo e ignorante, o al sabio, que ha desarrollado la actividad de sus facultades con el tesoro de su ciencia.

b) Ni del atractivo de los objetos.
Tampoco puede ser atribuida al atractivo de los objetos que nos rodean o de otros que se ofrecen a nuestro conocimiento y amor. Porque los objetos buenos y amables son, en verdad, un aliciente que excita la tendencia al bien, un principio exterior que contribuye con el estímulo de la bondad a actuar y dar movimiento a nuestra propensión a la felicidad; pero es necesario que haya, además, un principio interior, que sea una disposición subjetiva, una proporción y conveniencia de la facultad con el objeto, es decir, de la voluntad con el bien; y si no la hubiese, la voluntad no se determinaría: permanecería fría e insensible a la presencia de la bondad de las personas o de las cosas.

Por eso la presencia de los colores, por vivos que sean, no impresiona al que carece de la vista, ni la armonía de los sonidos al sordo, ni el bruto se conmueve a la presencia de los objetos bellos, por falta de aquella proporción de las facultades del sujeto con el objeto presente.

c) Se debe a la naturaleza misma de la voluntad.
Más aún: no es otra cosa la tendencia al bien y a la felicidad de que venimos hablando, que la proporción de la voluntad con el bien y la felicidad, sin la cual ningún acto elícito de amor, deseo, gozo, etc., sería posible, por la falta de relación y armonía entre la potencia y el objeto. Dentro de nosotros, por consiguiente, en nuestra voluntad, es en donde hemos de buscar la secreta fuente, el rico manantial de este poderoso influjo.
Y como ya hemos visto que no se debe a las diferencias individuales que producen en la voluntad las variedades de educación, cultura, edad, etc., es preciso reconocer que se debe a la naturaleza misma de la voluntad, a la cual es tan connatural la tendencia la bien y a la felicidad, como lo es al entendimiento el buscar la verdad.

d) Es una tendencia innata.
Esta tendencia, es una tendencia innata de nuestra voluntad, la cual se siente inclinada con gran vehemencia por la misma naturaleza hacia la felicidad como hacia su propio objeto y perfección.
Por eso experimentamos que no es esta una tendencia libre, adquirida por elección de la voluntad sino que es espontánea, irresistible y como instintiva. Es una tendencia que, así como sin nuestro consejo nació y se apoderó de nuestra voluntad simultáneamente con el desarrollo de nuestra parte racional, así se conserva en ella, independiente de nuestro libre consentimiento, y se enseñorea de nosotros y nos domina y manda en todos nuestros deseos, siéndonos tan imposible el emanciparnos de su imperio como renunciar al amor de nuestro bien y perfección, como despojarnos del horror que tenemos a se infelices y desgraciados.

CARACTERÍSTICAS
DE ESA TENDENCIA

Resumiendo todo lo expuesto, la tendencia a ser feliz es en el hombre: 1) esencial a nuestra naturaleza racional, que brota ya al alborear de la razón, apenas ésta conoce el bien en general;2) propia y adecuada a nuestra naturaleza, ya que por ella apetece el bien en general, que es el objeto formal y adecuado de la voluntad; 3) fundamental, ya que en todas las cosas que apetecemos, en todos los objetos en que fijamos nuestra complacencia y amor, allí encontramos el objeto de esta primera tendencia avasalladora, allí la encontramos dando a todos los actos de nuestra voluntad movimiento, calor y vida; 4) irresistible de tal modo, que nadie puede querer no ser feliz y todos se sienten no pocas veces impulsados con impulso necesario a ser felices, y, desde luego, en todos sus actos obran guiados por el deseo de ser felices; 5) universal, se halla en todos los hombres, de todas las edades, de todos los tiempos, de todos los climas y de todas las culturas; 6) constante, se da en todos los instantes de la vida de cada individuo que tiene uso de razón.
Ahora bien: una tendencia como esta, esencial, propia y adecuada, fundamental, irresistible, universal y constante, es, a todas luces, una tendencia verdaderamente natural.

EL CONSENTIMIENTO
COMÚN DE LOS FILÓSOFOS

Otra prueba clara y evidente de que la tendencia del hombre a la felicidad es una tendencia natural, es el consentimiento de todas las escuelas filosóficas antiguas y modernas.

Por más discordes que sean las opiniones de los filósofos al tratar de cuál es el objeto concreto de nuestra felicidad, todos, desde luego, admiten como un hecho de experiencia irrecusable que existe realmente esa tendencia natural a la felicidad. Por vía de ejemplo, citemos tan solo algunos testimonios de las tendencias filosóficas más encontradas.
Aristóteles, en el capítulo primero de su Ética a Nicómano, apoyándose, como suele, en la experiencia, toma como base de toda su teoría y sistema ético la tendencia natural a la felicidad, y afirma terminantemente que es cosa clara y evidente el hecho de que todos los hombres aspiran a la felicidad perfecta; Platón, en sus famosos Diálogos, reconoce también este hecho; Cicerón, en el Ortensio, declara ser máxima indudable la de que todos los hombres quieren ser felices. San Agustín hace suya esa sentencia de Cicerón.

Kant, por su parte, dice que el ser feliz es necesariamente el deseo de la criatura racional, finita , y por consiguiente un móvil irresistible e inevitable de su apetito.

HA DE PODER SER SATISFECHA NATURALMENTE

En efecto; es principio cierto, científico y admitido como tal por los sabios de todas las tendencias, y principio fundamental en las ciencias naturales y filosóficas, el que toda tendencia natural ha de poder ser satisfecha naturalmente.

¿Cuánto más, tratándose de una tendencia tan esencial, tan propia, adecuada y fundamental, como hemos visto que es esa tendencia? El hombre no puede ser una excepción en ese principio comprobado en Biología para todos los seres vivientes. Si de esta tendencia natural del hombre a la felicidad perfecta no se deduce realmente que está destinado a ella por el Hacedor, tampoco podemos decir que el ojo está destinado parta ver y el oído para oír.

¿Qué es este apetito o tendencia grabada en el fondo de nuestro ser por la mano próvida del Creador? Es una señal exterior con la cual nos manifiesta que su amorosa solicitud nos destinó para la felicidad; es como una voz divina, la cual con poderoso acento nos promete y nos convida al mismo tiempo al gozo de la bienaventuranza.

Mas, si el objeto de la felicidad no existiese, o si nos fuera imposible llegar a conseguirlo, esa voz divina nos engañaría, prometiéndonos lo que no estaba dispuesto a cumplir; nos hubiera dado el Creador, en la voz de la naturaleza, las prendas de una dicha ilusoria y engañosa; nos hubiera enderezado y aun impelido con ímpetu que, sin poder evitarlo, siente nuestra voluntad hacia un término venturoso, el cual para nosotros no existiría.

¿Puede esto decirse de Dios? ¿Puede esto conciliarse con el concepto que tenemos, por vulgar e incompleto que sea, de su naturaleza y de su sabiduría, de su Providencia y demás atributos? De ningún modo. Eso sería como decir que Dios nos había criado para hacernos víctimas de una ilusión y de una esperanza que ocupa todos los momentos de nuestra vida, y que, sin embargo, no había de ser más que un sueño irrealizable y una ocasión de funestos desengaños. Luego, Dios, autor de la naturaleza humana, y autor, por tanto, de nuestra tendencia a la felicidad, le señaló también un término: luego hay un objeto de nuestra felicidad, un objeto de nuestra felicidad, un objeto que constituye nuestro último fin y descanso perfecto.

 

¿CUÁL ES EL OBJETO
DE NUESTRA FELICIDAD?

Si nuestra tendencia a la felicidad ha de ser satisfecha naturalmente, lo que nos importa ahora averiguar es cuál es el objeto cuya posesión hará feliz a la voluntad humana.

Para la mejor inteligencia de este punto céntrico en todo este problema, recordemos con los doctores algunas nociones clásicas en esta materia.

Felicidad es la posesión del sumo bien.

Sumo bien - dice Santo Tomás - es aquel bien cuya posesión puede satisfacer plenamente nuestra voluntad. Esa felicidad puede ser perfecta e imperfecta.
Será felicidad imperfecta la posesión del sumo bien, pero en tales condiciones que no se satisface plenamente nuestra voluntad; y será felicidad perfecta si esa posesión es perfecta, de tal modo que satisfaga plenamente nuestra voluntad. Por fin, la felicidad se divide en natural y sobrenatural.
La primera es la que corresponde a las exigencias de nuestra naturaleza.
La segunda es puro don indebido a ella: Nosotros, aquí, tratamos de la felicidad perfecta, pero natural. No de la sobrenatural o visión beatífica, a la cual estamos destinados en la actual Providencia por pura benignidad de Dios Nuestro Señor.

Condiciones que ha de tener la posesión del sumo bien para que constituya la felicidad.

1. Que excluya todo mal.
2. Que satisfaga plenamente la voluntad.
3. Que la posesión del sumo bien sea perpetua y tranquila.
4. Que esté al alcance de todos.

Es de advertir que estas condiciones no las ponemos nosotros arbitrariamente, sino que se deducen analizando por el método rigurosamente científico de la introspección, tan en boga hoy día en Psicología Experimental, esa ansia natural de ser felices que todos experimentados y que hemos demostrado, ha de poder ser satisfecha naturalmente por todos si su conducta moral no lo desmerece.

Esto supuesto, preguntamos de nuevo: ¿Cuál es el objeto de nuestra felicidad perfecta? Veamos algunas opiniones de los filósofos sobre el objeto de la felicidad:

1. Los hedonistas, según los cuales la felicidad perfecta del hombre consiste en los placeres sensibles y materiales gozados con la mayor abundancia e intensidad posible en este mundo. Defendieron esta doctrina en la antigüedad Epicuro y Aristipo y sus discípulos, y en los tiempos modernos los sensistas y materialistas, que son hoy día verdadera legión, como dice atinadamente Cathrein.
2. Los estoicos defienden que la felicidad perfecta consiste en le ejercicio de la virtud.
3. Los kantianos, según Kant, y la escuela kantiana, el objeto y fin último de la voluntad humana es la realización del bien absoluto el cual consiste:
a) En la adecuación completa de la voluntad humana con la ley moral.
b) En la perfecta felicidad que de ahí se deriva; pero como esta adecuación completa es imposible alcanzar para todos y cada uno de los seres racionales de este mundo material, en todos y cada uno de los instantes de su vida, también resulta imposible que voluntad ninguna llegue a conseguir la perfecta felicidad que se deriva de aquella perfecta adecuación o santidad.
No queda, por tanto, al hombre - dice el mismo Kant - otro destino ni otra felicidad perfecta que el continuo y perfecto acercarse a esa perfecta felicidad. Es lo que se llama el progreso indefinido individual.
4. Los defensores del naturalismo panteístico, tan en boga hoy día, teórica y prácticamente, en Ética y en Derecho.
5. Los defensores del freudismo. Para Freud y los freudianos, el hombre se halla sujeto necesariamente a la ley del placer, sin poder obrar contra ella: es esclavo siempre de la líbido, fuente primordial de toda su actividad consciente. La vida del instinto sexual constituye toda la vida del hombre, desde la infancia misma hasta la muerte. Su satisfacción constituye el destino del hombre sobre la tierra y el único bien a que puede aspirar.

DOCTRINA VERDADERA

Por fin, los filósofos todos, católicos y aún cristianos, defienden unánimemente, y como doctrina del todo cierta, que el objeto único capaz de hacer al hombre feliz, es Dios mismo: Bien Sumo e Infinito.

El objeto de nuestra felicidad es Dios.

Vamos a demostrarlo; pero antes haremos, con todos los filósofos católicos, dos advertencias preliminares:
1. Ante todo, hacemos notar, con Santo Tomás, que conviene distinguir con cuidado dos cosas: el objeto de la felicidad en común y el objeto de la felicidad en concreto.

La razón de esta diferencia es evidente y nos la suministra la misma experiencia, porque, como dice el Santo Doctor, todos los hombres quieren la felicidad, mas no todos quieren el concreto y verdadero objeto en que realmente está la verdadera felicidad.

En efecto, si por la introspección examinamos y analizamos un poco lo que sentimos y experimentamos en nosotros mismos cuando queremos averiguar la condición del objeto a que se dirige esa tendencia natural e irresistible a la felicidad, advertimos en seguida que esa tendencia natural tiene mucho de indeterminado e indefinido en cuanto a su objeto.


Deseamos el bien; pero ¿qué bien? Queremos ser felices; pero ¿cuál es el objeto de esa felicidad? ¿Son las riquezas, honores , comodidades? ¿Son los placeres de la familia, de la amistad, de la ciencia o de la virtud?
El deseo natural de la felicidad nada de esto determina, y nada de esto queremos en particular cuando nos sentimos arrastrados hacia la felicidad y cuando decimos "quiero ser feliz".

Capaz nuestra voluntad de amar todos los objetos donde se encuentra algún bien, siendo todos ellos aptos para satisfacer de algún modo esa tendencia natural y de hacernos así de alguna manera felices, el amor innato al bien y a la felicidad nos presenta todos estos bienes de una manera vaga y confusa; a todos ellos nos inclina en general y a ninguno en particular; a todos ellos tiende la voluntad por su peso natural, mas sin dejarse trabar de ninguno; por encima de todos ellos flota su propensión al bien. Háse la voluntad con relación al bien, como el entendimiento, por cuya luz se rige aquella, con respecto a la verdad.

Así como el objeto adecuado de la capacidad natural de nuestro entendimiento es no esta verdad o la otra en particular, sino la verdad general, así el objeto adecuado de la voluntad es el bien universal, indefinido e indeterminado: es la felicidad no con la posesión de este o aquel objeto o persona, sino la felicidad en general, la felicidad con la posesión del bien que en su estado de abstracción y generalidad no se ofrece sino bajo la razón de bien, y en este sentido de bien perfecto: bien que no constituye esta o aquella parte de la felicidad, sino la felicidad perfecta o simplemente la felicidad. Todo esto, por más que parezca muy filosófico y rebuscado, queremos expresar, a lo menos implícitamente, cuando, pasando la tendencia innata a manifestarse por actos de la voluntad, usamos de estas o parecidas frases: "Yo quiero ser feliz", "yo aspiro a la felicidad".

Nosotros aquí hablamos, como se ve, del objeto de la felicidad en concreto, y , además, nos referimos a la felicidad perfecta natural, no a la sobrenatural que esperamos obtener como cristianos.

2. Sea la segunda advertencia que, aunque estos tres conceptos, sumo bien, felicidad perfecta y último fin del hombre en abstracto se distinguen entre sí, en el orden real y concreto, coinciden en un mismo objeto, por eso los suelen tomar los filósofos como sinónimos en esta cuestión; así lo haremos nosotros en adelante.
Decimos que el objeto en concreto de la felicidad perfecta y natural del hombre es Dios mismo, Bien infinito.
¿Cómo es posible que la voluntad que tiene esa capacidad general para todo bien se llene y se satisfaga plenamente con la posesión de ninguna criatura? Una tal capacidad, cual es justamente la de nuestro entendimiento, en cuanto a la verdad y la de nuestra voluntad en cuanto al bien, aunque en sí y subjetivamente sea limitada por ser propia de una criatura, no obstante siendo indefinida en cuanto a su objeto o potencialmente infinita, sólo puede llenarse en toda la comprensión de su tendencia con el Ser, que es puro acto e infinito, con el Ser que reúne a sí, sin límite ni imperfección alguna, la plenitud de ser, de la verdad, del bien, de la perfección, de la belleza y unidad; en una palabra, con el Ser inefable de Dios.

En Dios, y sólo en Dios, según lo enseña la sana filosofía de acuerdo con la fe, se hallan de un modo concreto y subsistente, formal y virtualmente, todos los bienes y perfecciones en un grado ilimitado; las increadas y las creadas, las existentes y las posibles; Dios es un piélago insondable de bondad y hermosura, y por eso Él y sólo Él, es el objeto que puede llenar cumplidamente la capacidad y tendencia a la felicidad de la voluntad humana.

Por tanto, es claro y evidente, por lo que antecede, que la luz de la sana filosofía persuade al ánimo sincero y libre de prejuicios de que sólo Dios, el Bien infinito, es el objeto de nuestra felicidad perfecta y natural.
Esto nos lo ha demostrado directa y positivamente la introspección y análisis de la tendencia natural de nuestra voluntad a la felicidad.

Ahora vamos a verlo confirmado con otro argumento, llamado por los filósofos a posteriori e indirecto.
Consiste este argumento en excluir los bienes creados, en que, como vimos, ponían la felicidad del hombre las demás opiniones filosóficas, haciendo ver que en ninguno de ellos, ni en ningún bien limitado de cuantos podemos conocer por la razón natural, encuentra nuestro corazón el objeto de su bienaventuranza, para inferir de ello la misma conclusión de que nuestra felicidad se encuentra en el bien increado, en Dios. Este argumento, a la vez que confirma el anterior, tiene sobre él la ventaja de ser más palpable e inteligible para toda clase de personas, pues tiene a su favor la experiencia propia y ajena, resultando, por lo mismo, de una evidencia irresistible.

Dijimos antes que el sumo bien, objeto de la felicidad perfecta, debía tener las siguientes condiciones:
1. Que excluya todo mal.
2. Que satisfaga plenamente esa ansia innata de ser feliz
3. Que su posesión sea tranquila y perpetua
4. Que esté al alcance de todos

Hicimos ver que estas condiciones no las ponen los filósofos católicos arbitrariamente y a priori, para concluir que solo Dios las reúne y Él solo puede ser el objeto de nuestra felicidad; antes al contrario, se deducen con toda evidencia del análisis introspectivo de las características de nuestra tendencia natural a la felicidad.
Ahora bien, ninguno de los bienes creados (vida, salud, placeres, riqueza, honores, sabiduría, virtud, progreso indefinido, etc.), ni todos ellos juntos reúnen esas cuatro condiciones. Luego, ninguno de ellos ni todos ellos juntos pueden ser el objeto de nuestra felicidad.

En razón de lo anterior, concluya usted si no resulta evidente que solo en Dios, que reúne en Sí todas las perfecciones, está el objeto de la felicidad humana.

El autor es Director del Centro de Estudios Humanísticos y catedrático del Departamento de Filosofía y ciencia de la UAG.

 

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